Se lo merecía. Alguna espita debía aliviar la concentración de reveses que le había apartado de las quinielas que reducen casi a la mínima expresión la lista de candidatos al título. Entre su victoria en Montreal y la de ayer cerca de Budapest, Hamilton apenas había podido izar la barbilla. Roscos en Valencia y Alemania y un tristón octavo lugar ante sus huestes es Silverstone. Le llegaron a pasar por la derecha la pareja de Red Bull, más 'light' que energética, y hasta el constante y gélido Raikkonen, ese piloto que ayer en el podio húngaro miraba a Plácido Domingo como las vacas al tren cuando esperaba a que el tenor concluyera su interminable pregunta en la nueva moda de ceder el micro in situ a personajes relevantes para hacer una especie de 'flash interview'. Pero no nos vayamos por las ramas. Había una deuda con el piloto de McLaren porque es un elemento imprescindible en este engranaje, muy alejado, créanlo, del resultado del acoso de que ha sido objeto con campañas de demonización absolutamente evidentes, como si fuera incompatible reconocerle los méritos que sin duda tiene sin que ello cuestione el orden establecido, el mismo que dice que Fernando Alonso camina con paso firme en pos de su tercer título.
Pero el ovetense no corre solo, aunque también hay quien preferiría que así lo hiciera. Ayer, en el día de su 31 cumpleaños, no hubo boato entre las bambalinas ferraristas, aunque motivos deportivos sobraron. Como era más que probable -Hungaroring es uno de los circuitos cuya historia estadística está grabada a fuego y salirse del guión es casi imposible-, Alonso no entró en la pomada del podio, pero no por ello dejó de protagonizar una carrera notable, vibrante y sobre todo, tremendamente productiva, algo que parece chocar con la calidad del quinto puesto que firmó. Sabía que no era un domingo para ponerse gallo en busca de imposibles y se entregó a la causa de manejar la calculadora, en Budapest sí, con absoluta maestría. Todo lo que fuera mantener bajo control a Mark Webber le reportaría enormes dividendos. Y la carrera le planteó ese reto desde la misma arrancada.
La coreografía húngara animó al baile por parejas. Hamilton-Grosjean, Button-Vettel, Alonso-Webber. Con el peso de las vueltas en las gomas y las idas y venidas del pit-lane, hubo cambios de compañeros, como si la orquestina variara sus piezas provocando caer en otros brazos. Hamilton-Raikkonen, Grosjean-Vettel y Alonso que acabó yendo por libre. El común denominador resultó el dominio del 'poleman' y gran dinamizador del fin de semana en las afueras de Budapest. Hamilton nunca acabó de escaparse pero mantuvo su retaguardia a cubierto cuando por momentos se esperaba su desfallecimiento primero por el acoso de Grosjean y después por el de Raikkonen en el desenlace final.
Lotus completa el podio
Fue Lotus otro fijo en la quiniela, monopolizando siempre el segundo puesto y acabando por completar en los dos cajones que escoltan al rotulado con el número 1. Grosjean crece enteros, evoluciona, pero mantiene ese tufillo a que el coche le supera, a que no acaba de exprimir el tesoro que comparte con Raikkonen. Al finlandés le bastó ayer un gesto de raza, un tic de depredador para hacerse con el segundo puesto y soñar con poblar los titulares con frases como «el que faltaba», en alusión a la posibilidad de haber sido el octavo pasajero con galones de vencedor esta campaña. Retornó al tráfico tras su segundo cambio de gomas en la vuelta 46 a la altura de su compañero francés. Como dice la máxima de los quemados, la ley se escribe con el «a fondo y con fe». Ni se inmutó y acabó estrechando el espacio al galo, que tuvo que rodar más allá de los 'pianos' despidiéndose del papel de candidato al triunfo.
Solo hubo margen para las incógnitas en el campamento Red Bull. Les falló el 'libro gordo' a los energéticos, que en la primera parada perdieron puestos y acabaron conminados a hacer un cambio de neumáticos extra, lo que se tradujo en el caso de Vettel en el adiós al cajón y en el de Webber a ceder dos puestos ante un feliz Alonso. El español activó su versión ahorradora y apenas tuvo que enseñar las garras. Sus zarpazos se esparcieron a lo largo de los cien minutos que estuvo rodando en Hungaroring. El primero, una pasada a Senna cuando el brasileño se le quiso subir a las barbas en los primeros metros. Después se sucedieron vueltas de control ante Webber, el incordio de toparse a un lento 'Checo' Pérez, y el aroma a sangre cuando se topó con un Button que volvía al tajo con calzado nuevo. No necesitó más ya que aspirar a premios mayores no estaba en el orden del día.
En el otro polo de la carrera tampoco hubo margen para la deriva, aunque con Hamilton en liza siempre queda margen para lo inesperado, la mayoría de veces sin que concurra culpabilidad del británico. Mantuvo el tipo porque Raikkonen nunca acabó de ver claro que podía clavarle los colmillos y bromeó en el parque cerrado con Sam Michael. «¿No confiabais en mí, eh?». El director deportivo de McLaren no le desmintió. Alejado de los focos, Alonso se dirigía radiante a su 'motorhome'. Sin tarta, pero con un magnífico regalo de cumpleaños: su perseguidor más cercano está ya a 40 puntos.