Dicen que, tal como está la cosa, habría que poner directamente como ministro de Economía a Llongueras. Supongo que por lo de Llongueras 'manostijeras'. Y sí, puestos a que nos recorten, mejor dejarlo en manos de un profesional. Aunque Llongueras con la tijera produce un poco de aprensión. Se le ve como demasiado eufórico. Le pasa lo que a aquella aspirante a prostituta a la que Madame Claude le advierte: «Lo siento, querida, no vales para el oficio». «¿Por qué?», pregunta la otra. «Pues porque te gusta demasiado». Así veo yo al gran Lluís Llongueras en lo suyo: un hombre que se recrea, se derrite con la poda capilar. Un entusiasta. El Punset de la peluquería podríamos decir. O tal vez sea al revés y haya que considerar a Punset el Llongueras de la ciencia. Porque Llongueras es famoso desde antes de Punset (oyéndole a él, se diría que antes incluso que Dalí) y Punset ha logrado meter la divulgación científica hasta en los salones de manicura. Cuando uno se quiere acercar a la neurociencia, la filosofía o la astrofísica en plan 'solo las puntas' recurre a Punset. Él y Llongueras tienen en común, además de un envidiable optimismo, una voz característica. ¿Habrá alguna relación biológica entre esas maltradadas cuerdas vocales, ese marcado acento catalán y esa incontenible euforia? No sé, pero habría que estudiarlo.
Llongueras, para remate, tiene ahora otro motivo de celebración que añadir a la fiesta que ya de por sí es para él la vida. Acaba de zanjar sus problemas familiares. Con su primera familia, para ser exactos, pues el estilista tiene dos familias completas (e incompatibles), lo cual le ha acarreado dos veces más dolores de cabeza que si tuviera una sola. Tras una guerra sin cuartel en la que resultó despedido del imperio pilífero que él mismo levantó, por fin ha firmado la paz con su ex mujer y sus dos hijos mayores con un pacto por el que se reparten el negocio y se comprometen a no hablar más del asunto. Este pacto pasa por ser el único sistema capaz de hacer callar a este locuaz peluquero, tras fracasar (imagino) la inmersión acuática. Lo más fascinante de esta historia es que, sin ser argentino, Llongueras tuvo labia suficiente para mantener enamoradas a dos señoras a la vez y sí, en este caso sí, estar loco. No lo digo yo, lo afirma con gran cariño y admiración uno de sus hijos, nacido en la segunda camada.
«La nueva supermujer»
Este huracán del secador de mano acaba de presentar en Madrid sus estilos Minimun para lo que él llama «la nueva supermujer». Y jura que a sus 76 años practica sexo tántrico (llámale Tantra, llámale Viagra) hasta siete veces seguidas y que, en una ocasión, su señora llegó a desmayarse.
¡Uf! Se ve que en esto, a Lluís Llongueras también le pasa como a la alumna de Madame Claude... Que le gusta demasiado. Si es que a un peluquero, menos aún a este tan vocacional, nunca le puedes decir que solo las puntas.