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El día que Barnes se desquitó

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El día que Barnes se desquitó

El pívot del Lucentum falló desde el 4,70 con el reloj a cero en dos partidos de playoff en la LEB

07.02.12 - 01:12 -
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El deporte es un espejo en el que se reflejan los fantasmas de cada cual, una profesión de riesgo que siempre acaba por ponerte delante de tus propios miedos. Lo hace sin preguntar, a menudo de un modo despiadado y siempre por sorpresa, para que nunca te coja el instante preparado para afrontar el trance.
Lamont Barnes amaneció el domingo como siempre, sin ansiedad, feliz por la dosis extra de energía que le insufla la proximidad de los partidos. Desayunó en familia y acudió al pabellón con su sempiterna sonrisa, la de un tipo que descansa con la paz que genera la sensación del deber cumplido.
Camino de los 34 años, el 'center' de Lexington no baja su rendimiento. Al lado de Ivanov se siente cómodo, por primera vez no recae sobre él todo el peso de la producción interior de su equipo. Vidorreta tiene plena confianza en Lamont, y eso se nota en los minutos, más de 30 de promedio general. Ante el Cajasol estuvo en pista 31. Pero de esa media hora larga, Barnes recordará justo los segundos que no computa el marcador.
Los que tardó en dirigirse a la línea de personal para tener la oportunidad de decidir el desenlace del encuentro. No era la primera vez, y quizá fue eso lo que más le inquietó. Desde niño, todo el mundo fantasea con disponer del balón que sirve para conseguir ganar en el último suspiro en medio del delirio general. Pero soñarlo no es igual que vivirlo. En los sueños no se siente la presión, ni el peso de la responsabilidad, ni el frío que hace en un pabellón cuando te sudan las manos.
Durante su estancia en la LEB con León se vio en dos episodios semejantes. Ambos en mitad de un playoff de ascenso y los dos con idéntico desenlace. El tiempo estaba casi consumido y él disponía de los dos tiros que, como mínimo, le otorgarían una segunda oportunidad a su equipo. En la temporada 2004-2005 le sucedió frente a Menorca y en la siguiente contra el Bruesa de San Sebastián. Falló y los ojos se le llenaron de lágrimas. Su imagen desolada contrastaba con la euforia que rezumaban sus adversarios, que festejaban por todo lo alto la entrada en la élite.
El domingo, con mucho menos en juego, el destino le brindó a Lamont la oportunidad de desquitarse, de demostrarse a sí mismo que en esas circunstancias no siempre le tiene que tocar perder a él. Recibió una falta al filo de lo antideportivo con el segundero detenido en 2 segundos y 6 décimas. El Lucentum estaba uno abajo: 72-73. Si acertaba con los dos, décima tercera victoria y, lo que es más importante, cumplido el objetivo de la salvación.
Se hizo el silencio. Se acercó a la línea. Fijó cuidadosamente los pies para no pisarla. Ahora o nunca, reflejó su rostro. Un bote, dos, tres y balón al aire. La parábola era perfecta, así que cuando la pelota horadó el aro y la grada explotó, Lamont se sintió flotar, chocó las manos de sus compañeros como ingrávido. Se había sacudido de encima un peso con el que llevaba cargando siete años. Falló el segundo, pero es que la perfección sólo es posible en los cuentos de hadas.
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