Cuentan que un alpinista, obsesionado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, tras de años de preparación, pero quería la gloria para él sólo, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo muy tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo decidido a llegar a la cima hasta que oscureció. Subiendo por la pared, a sólo 100 metros de la cima, se resbaló y cayó al vacío. Caía a una velocidad vertiginosa, sólo podía ver veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. En esos angustiosos momentos, pasaron por su mente todos los gratos y no tan gratos momentos de su vida. Pensaba que iba a morir, pero, de repente, sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos. Como todo alpinista experimentado, había clavado clavijas de seguridad con ganchos a una larguísima soga que lo sujetaba de la cintura. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedaba más que gritar: ¡Ayúdame, Dios mío! ¡Ayúdame, Dios mío!. De repente una voz grave y profunda de los cielos le contestó: ¿Qué quieres que haga?. ¡Sálvame, Dios mío!. ¿Realmente crees que te puedo salvar? Por supuesto, Dios mío. Entonces, ¡corta la cuerda que te sostiene! Hubo un momento de sosiego y silencio. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó. Cuenta el equipo de rescate que encontró colgado al alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza a la cuerda&hellip A dos metros del suelo. (H. Agudelo)
Todos llevamos un alpinista en nuestro interior y queremos escalar y seguir escalando. El fallo lo encontramos cuando prescindimos del equipo, y lo hacemos en solitario, pensando que solitos podemos. «No tengo tiempo». «Es la razón que solemos escuchar y decir cuando dejamos de lado las tareas importantes de la vida personal, familiar o social. No tengo tiempo para estar con los hijos, para visitar a los padres, para participar en un grupo de formación, para asistir a las celebraciones» (Homilética). Clavamos en nuestras escaladas clavijas de seguridad con ganchos a una larguísima cuerda, nos pertrechamos de seguridades, pero cuando caemos, nos olvidamos de que la cuerda está ahí, de que tus seguridades las has puesto, pero, te falta la confianza, el saber que Dios está ahí, que ha permitido tu caída y te ha dado la oportunidad de reflexionar de que así no puedes escalar y prefieres tus razones, a expensas de quedar congelado y muerto a dos pasos de encontrar luz para comenzar, aprendiendo de los fallos, una nueva aventura.