Aquellos que durante años venimos coleccionando manuscritos, impresos, fotografías y postales, recibiríamos una gran alegría si algún suministrador nos dijera: tengo una postal medieval de Orihuela. Lo primero que haríamos sería decirle, que eso no se lo cree 'ni el que asó la manteca', basándonos para la contestación que en esos turbulentos e históricos momentos del Medievo no se había desarrollado los procedimientos para la reproducción impresa. Entonces, con cierta dosis de erudición le diríamos: «querido amigo, tal vez, en vez de referirse a una postal propiamente dicha, lo que me ofreces es una miniatura». Tras ello, le avanzaríamos que el objeto de su ofrecimiento no tiene nada que ver con el correo postal, y mucho menos con ese trozo de cartulina impresa por uno de sus lados, dejando el otro libre para emplearlo como carta.
El proveedor, es posible que volviera a insistir. Pero, ahora, en este caso reiteraríamos que su ofrecimiento, no debería de llamarlo postal propiamente dicha, aunque lo que nos presente sea una vista panorámica de la entonces Villa de Oriola en el siglo XIV. En ese momento estaríamos plenamente de acuerdo y nos pondríamos a intentar describir aquello que se pone ante nuestros ojos como una reliquia de nuestro pasado.
Es posible, que en estos momentos hayan adivinado que nos estamos refiriendo a una de la ilustraciones que adornan el 'Cartulario de Orihuela', que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, al que llegó por arte de magia, más bien por obra de desaprensivos 'bibliopiratas' como definió acertadamente Justo García Soriano, a aquellos que en tiempos pasados, sin ninguna clase escrúpulos robaron de nuestro Archivo Municipal esta obra que, junto con el 'Llibre dels Repartiments', según Justo García Morales: «Ambos suponen, nada más y nada menos, que las profundas raíces y los títulos honoríficos de que ha partido y se ha sustentado la personalidad original importante de Orihuela».
Pero, regresando a la imagen medieval que nos presenta la citada ilustración, nos encontramos con la entonces Villa amurallada, con tres recintos, gran cantidad de lienzos y torres, casas e iglesias parroquiales. La importancia defensiva de Orihuela queda patente, precisamente por la envergadura de sus torreones, que van uniéndose hasta llegar a la cúspide inexpugnable de la atalaya. La Villa se ve recorrida en su parte más baja por dos calles que, prácticamente arrancan de lo que hoy es la Plaza de Santa Justa, entonces Plaza Mayor. La primera, la más baja, es lo que conocemos como calle Mayor, la cual pasa por delante de la iglesia arciprestal de San Salvador y Santa María, hoy Catedral. En ella, se aprecia su torre y sus puertas de las Cadenas y de Loreto, ésta con parteluz. A partir de ese punto, la citada calle se introduce, poco a poco, en el Arrabal de San Juan. Paralelamente a esta calle, más al norte, la conocida como de la Feria se desliza por detrás de la colegiata en la que queda oculta la puerta de los Perdones, hoy de la Anunciación. Junto a la Plaza Mayor, la parroquia de las Santas Justa y Rufina con su torre gótica, desde la que se marcaba la hora oficial. A la izquierda, de esta, la parroquia de Santiago, con la portada principal con parteluz que ha conservado, y que nos introduce al Arrabal Roig. Más arriba, el beaterio de San Miguel, en el lugar que hoy ocupa el Seminario, y desperdigadas por la montaña varias aberturas a modo de túneles.
En la miniatura se representa la batalla entre Pedro el Cruel y Pedro el Ceremonioso. Al pie de la misma, en lo que sería el Arrabal del Puente, el campamento atacante adornado con banderas castellanas, mientras que en las torres de la muralla, en la puerta de acceso a través de un puente de piedra, en el lugar que hoy ocupa el de Poniente, y en el castillo ondean las banderas con las armas de la Corona de Aragón. En la parte superior, izquierda y derecha, se encuentran de medio cuerpo las Santas Justa y Rufina, Patronas de la Ciudad de Orihuela, que milagrosamente intervinieron en la reconquista de Orihuela en 1242.
La resistencia que los oriolanos hicieron al Rey castellano Pedro I el Cruel, viene narrada por su propio contrincante Pedro IV el Ceremonioso, en el privilegio del morabatín o monetático, dado en Barcelona el 18 de julio de 1380. En dicho privilegio dice que tal fue el acoso, que los habitantes tras consumir todos los alimentos, caballos y animales que se tenían, para sostener sus vidas devoraron «los cueros de las bestias y perros y ratones, y, lo que es más repugnante a la humanidad, los cadáveres de los enemigos». Años después, el 11 de septiembre de 1437, hace ahora 575 años, el Rey Alfonso V el Magnánimo, le otorgó a la entonces Villa de Orihuela, el rango de Ciudad, en agradecimiento a los servicios que la misma había prestado, tanto a él como a sus antepasados, en especial por las guerras contra los castellanos, desprendiéndose de dicho privilegio, que en adelante fuera llamada como Ciudad Fiel. No es una postal medieval por desgracia, pero sí un vestigio de nuestra historia que nos identifica y nos hace profesar nuestras raíces, de las que debemos estar orgullosos.