Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. Millones de niños judíos perecieron en el Holocausto, víctimas de la persecución de los nazis y sus seguidores. Los actuales líderes políticos y económicos debieran deliberar mucho más sobre el estado de derecho que, a mi juicio, es fundamental en la prevención de conflictos. Ciertamente, el futuro enlaza con el pasado y el presente. Conocer nuestra historia con sus errores y sus logros positivos, como vivir el momento actual, nos ayuda a ver las cosas de otra manera.
El recuerdo del Holocausto (27 de enero de 2012) nos enseña que todos fueron víctimas de una ideología inspirada por el odio que los calificó como «inferiores».
Hoy, al recordar a los que perdieron su vida en las inútiles guerras, hay que seguir haciendo llamadas a todas las naciones para que protejan el estado de derecho, a los ciudadanos más vulnerables, independientemente de su color de piel, genero, creencia religiosa o raza. Toda persona sensata comprende la necesidad de promover un clima de paz y entendimientos entre las diferentes culturas y religiones.
El holocausto es, sin duda, una herramienta de aprendizaje acerca de la importancia de proteger el estado de derecho de los países. A mi manera de ver, estimo que es bueno recordar estas tragedias inhumanas, para que no se vuelvan a producir. Por esta lección del pasado, de la que tenemos que tomar buena nota, sabemos que no es bueno rearmarse, como tampoco lo es violentar los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos, el no seguir las reglas internacionales de Naciones Unidas pueden conducir a la ruina de la humanidad.
La victoria del estado de derecho sigue siendo la mejor garantía de respeto a la ciudadanía. La caída de los valores democráticos, que ha favorecido los errores de ayer, debe ponernos vigilantes sobre el modo en el que hoy la convivencia es anunciada y vivida.
Recordemos hoy y por siempre, que una justicia que llega tarde no es justicia. De ahí la necesidad de trabajar para restablecer y fortalecer los sistemas judicial y legal en los países que se recuperan de una guerra. El respeto de los derechos y deberes son esenciales para aprovechar plenamente el potencial humano de las naciones y los pueblos. Si fracasamos en conciliar la justicia con la vida, fracasaremos socialmente en todo.
Al fin y al cabo, conviene también recordar que la justicia se defiende con la razón y nunca con las armas.
Si en verdad queremos un mundo de paz, hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del estado de derecho, porque las buenas costumbres, y no la fuerza, son el verdadero camino y, el ejercicio de la justicia, el caminante de la libertad.