Hace ya unos cuantos lustros mi estimado amigo Ramón Gómez Carrión, a la sazón redactor-jefe de la edición alicantina de este periódico, me introdujo como colaborador en las páginas del mismo donde comencé con una columna casi diaria que se titulaba 'Ágora'. Recuerdo que una de ellas versaba sobre de qué manera la cultura podía servir para distraer el ocio sin apenas desembolso económico en unos tiempos de crisis que por aquel entonces también existía.
Había y sigue habiendo una oferta variada y a la vez gratuita en cuanto a museos, exposiciones, conferencias, mesas redondas, representaciones teatrales o conciertos que organizan las instituciones públicas y algunas entidades financieras. Cuando la calidad y el coste resultan muy elevados, los precios fijados resultan bastante asequibles, desde luego muy por debajo de una entrada de fútbol o de toros, con la salvedad de que la distracción está garantizada y no a expensas de la inspiración del deportista o matador de turno.
El problema no está, como oía hace unas noches en la radio pública, en que se le ofrezca cultura al pueblo sino en que éste la acepte y disfrute. Se ponía el ejemplo del Museo de Arte Contemporáneo de Cuenca, que en su día supuso una auténtica revolución plástica en una ciudad entonces tan sugerente como aletargada. Inaugurado en 1966, al siguiente año Carlos Saura, cuyo hermano Antonio fue uno de los pintores presente en sus salas, rodó en él algunas escenas de su impactante película 'Peppermint frappé'.
Pues bien, si no hubiera sido porque Fernando Zóbel, el impulsor de aquel espacio de arte, donó su colección en 1980 a la Fundación Juan March, este museo se hubiera ido al garete, entre otros motivos por falta de interés popular. Yo lo volví a visitar hace dos años en completa y decadente soledad. Entre nosotros existen algunos, no sé si llamarlos gurús o santones de la cultura, a los que curiosamente no se les ve en ningún acto que no sea afín a sus intereses o ideales. Es el modo curioso de reivindicar una cultura etiquetada minoritaria que desprecia a los que llenan espacios considerándolos mediocres.
Rechazo el término 'cultura popular' pero tengo claro que la base para una formación está en la escuela y en el hogar. La duda estriba en saber qué se enseña en una y qué pueden aportar unos padres cuyo único libro visible es la guía telefónica. Pero un modo de hacer una política cultural de amplio espectro, es decir para todos, obliga a darle a la gente lo que ésta reclama.
Ni se puede menospreciar lo clásico ni supravalorar, por innovador, todo lo vanguardista que a veces esconde una vulgar tomadura de pelo acompañada de puestas en escena extravagantes para enmascarar las carencias. Lo malo es que a menudo se saben acompañar de palmeros con algún apoyo mediático que jalean por vaya usted a saber qué intereses espurios lo que cualquier experto denostaría.
Con dificultades como las presentes, la gente suele refugiarse ante el televisor y aquí volvemos a experimentar la hipocresía de nuestra sociedad. La 2 tiene unos niveles de calidad incuestionables, documentales de fauna aparte, pero no la ve nadie mientras la telebasura bate récords de audiencia, con programas que suelen conducir aquellos que han ido por la vida de intelectuales progres. Al final resulta que la pela es la pela. Lo mismo sucede con los que abanderan la dignidad de la mujer y condenan la explotación sexual de la misma pero giran la vista ante las páginas y páginas de anuncios de contactos.
Otra cuestión digna de estudio es la de la promoción de las inquietudes culturales autóctonas. Si estamos atravesando una profunda crisis, resulta en todo punto lógico que una parte de la inversión pública en cultura vaya a fomentar lo propio. No se trata de caer en chauvinismos pueblerinos pero sí en una diversificación de la oferta, apoyando al hacedor de arte que ha nacido o vive aquí. A eso algunos plumíferos de poca monta lo llaman provincianismo o cultureta.
He tenido la suerte de conocer a algunos artistas y críticos prestigiosos nacionales a los que les he mostrado algunas obras de ciertos iconos de la movida antisistema cuyos méritos mi modestia ha puesto en duda. La respuesta objetiva y profesional de que se tratan de medianías rozando la zafiedad estética me ha reconfortado respecto a que no estoy tan lejos de reconocer lo que tiene valor de lo que no. Los gustos podrán ser subjetivos pero la calidad jamás.