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La tierra se mueve

Los estudios revelan que la Comunitat nunca ha soportado un temblor de magnitud superior a 6,5

29.01.12 - 01:23 -
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La tierra se mueve bajo nuestros pies. Constantemente. Y es bueno que lo haga porque de esa manera va liberando energía poco a poco. Cuando lo hace de golpe, como consecuencia de un proceso importante de ruptura en las placas que componen la corteza terrestre, se produce un seísmo. Sus efectos dependen tanto de la cantidad de energía liberada como de la profundidad en la que se produce y la cercanía del epicentro a núcleos urbanos. La Universidad de Alicante cuenta con una Unidad de Registro Sísmico (URS) que recopila y analiza datos sobre todos los movimientos de este tipo que se producen en la Comunidad Valenciana, y ha sido la encargada de realizar los estudios sobre peligrosidad sísmica incluidos en el Plan Especial frente al riesgo de terremotos elaborado por la Generalitat.
El director de la Unidad de Registro Sísmico, José Juan Giner, explica que estos fenómenos tienden a ser más abundantes en el sur de nuestra comunidad autónoma. Las zonas más sensibles son la Vega Baja - y municipios murcianos limítrofes-, la comarca de l'Alcoià, la zona de Elda-Petrer y el sur de la provincia de Valencia. El pasado año 2011, la URS contabilizó un total de 84 seísmos en las provincias de Valencia, Alicante o Murcia, y en lo que llevamos de 2012 ya se han producido cuatro, aunque la mayoría no son percibidos por la población debido a su escasa magnitud. En 2010 se detectaron 50, en 2009 fueron 64, en 2008 llegaron a165, y en 2007 se produjeron 159. La URS tiene registrados sismos desde el año 1994.
Giner explica que hay dos formas de definir el tamaño de un movimiento sísmico: intensidad y magnitud. La intensidad es un criterio subjetivo, y atiende a la manera en que ha sido percibido por la población, así como a los efectos que ha tenido en los entornos habitados. Según la Escala Macrosísmica Europea, pueden ser desde imperceptibles (Intensidad I), hasta completamente devastadores ( Intensidad XII). La serie sísmica de Lorca, acontecida el 11 de mayo del pasado año, fue catalogada de intensidad VII. Otro elemento de medición es la magnitud, y refleja la cantidad de energía liberada. Hasta el siglo pasado no se contaba con la tecnología adecuada para su cuantificación. El terremoto más devastador del que se tiene constancia instrumental ocurrió al sur de Chile en 1960, y fue de magnitud 9.5. Causó casi 6.000 muertos. El de Japón, ocurrido el pasado mes de marzo, alcanzó una magnitud de 8.8 y hubo miles de personas fallecidas. El más cercano a nosotros, el de Lorca llegó a una magnitud 5.1. Hubo 9 muertos. Según José Juan Giner, nos encontramos en una zona considerada de «peligrosidad sísmica moderada». Todos los estudios, documentos históricos y cálculos realizados revelan que en la Comunidad Valenciana no ha habido terremotos de magnitud mayor de 6.5.
«Nuestro problema es que son muy superficiales. La media está entre 5 y 10 kilómetros de profundidad, y la energía llega prácticamente entera a la superficie», explica. Es lo que ocurrió con el reciente terremoto de Lorca. El fenómeno se produjo a tan solo un kilómetro de la superficie de la tierra. La profundidad a la que se produce es un factor muy importante que influye en los efectos que provoca. Por ejemplo, según explica Giner, un seísmo de magnitud 6.5 libera una cantidad de energía equivalente a 300 bombas atómicas, «pero si se produce a 600 kilómetros de profundidad no se considera relevante porque no produce daños significativos».
Hitos históricos
En las instalaciones de la Unidad de Registro Sísmico de la Universidad de Alicante impera una máxima milenaria atribuida a Plinio: «Donde ha temblado, temblará». Recopilar datos sobre la historia de la sismicidad permite conocer las características de la zona y las probabilidades de que ocurran fenómenos de una cierta intensidad. Según José Juan Giner, «es improbable que en el futuro se den intensidades superiores a las que se han producido en una determinada zona en el pasado». El director de la URS añade que en la actualidad «podemos llegar a saber más o menos dónde pueden producirse y más o menos el tamaño. Pero lo que no sabemos ni sabremos es cuándo van a ocurrir. Al menos, con los conocimientos actuales», afirma.
El seísmo documentado más grave ocurrido en la Península Ibérica tuvo lugar en Torrevieja. Fue una serie sísmica que duró dos años, alcanzando el 21 de marzo de 1829 la calificación de una intensidad de grado X , definido en la Escala Macrosísmica Europea como «muy destructor». Tanto Torrevieja como Guardamar del Segura fueron reducidas prácticamente a escombros, y tuvieron que ser reconstruidas en su totalidad. Hubo 400 muertos.
Se produjeron en el pasado otros terremotos destacados, según recoge José Juan Giner en el libro 'Sismicidad y Riesgo Sísmico en la Comunidad Valenciana', del que es coautor junto a Sergio Molina. El más antiguo del que se tienen referencias documentales ocurrió en el año 1048 en Orihuela. Se le atribuye una intensidad de grado X, como el de Torrevieja. Asimismo, el 18 de diciembre de 1396, Tabernes sufrió un seísmo de una intensidad máxima de grado IX. Similares movimientos tuvieron lugar también en Alcoy entre los años 1620 y 1644 o en Enguera en 1748.
Tradición sismológica
El primer observatorio sismológico que tuvo la ciudad de Alicante se ubicó en el Paseo de Campoamor, y se remonta al año 1914. Fue uno de los primeros de España, y estuvo operativo hasta que en los años 80 entró en funcionamiento la Red Sísmica Nacional. La Universidad de Alicante, por iniciativa del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias, se planteó en el año 1993 retomar la tradición que había vinculado históricamente a la ciudad con el interés por la sismología. Un convenio con la Diputación de Alicante que todavía sigue vigente, posibilitó crear la Unidad de Registro Sísmico dotándola del instrumental necesario.
La institución provincial se hizo cargo de la compra y posterior mantenimiento de los equipos de detección. Hasta el año 2000, el sistema estuvo compuesto por cuatro sensores instalados en puntos estratégicos de la provincia: la Sierra oriolana de Pujálvarez, el Maigmó, Crevillente y la propia Universidad de Alicante. A partir de ese momento, los avances tecnológicos en materia de banda ancha permitieron modernizar el instrumental con la instalación de un solo sensor, ubicado en la Font Roja, capaz de detectar terremotos en prácticamente todo el globo terráqueo, excepto la zona de sombra situada en las antípodas. El terremoto de Japón, por ejemplo, fue detectado perfectamente a tiempo real por los sismógrafos de la Universidad de Alicante. No funciona como una red de alerta, porque consideran que para eso ya existe la Red Sísmica Nacional, aunque comparten datos y colaboran con ella en todo momento. El director de la Unidad de Registro Sísmico, José Juan Giner explica que su objetivo «se centra básicamente en estudiar la sismicidad propia de la zona».
Recomendaciones
El reciente terremoto de Lorca ha propiciado, según José Juan Giner, una mayor concienciación sobre un riesgo «que existe, y que por tanto hay que convivir con él». A finales del 2011 se celebraron en Valencia unas Jornadas organizadas por el Instituto Valenciano de la Edificación, en colaboración con la Conselleria de Gobernación, en las que se habló de la experiencia de Lorca y del Plan Especial frente al Riesgo Sísmico de la Generalitat.
Según Giner, que actuó como ponente, al encuentro asistieron más de 300 personas, la mayoría técnicos de la Administración. En su opinión, esta cifra tan numerosa es inhabitual en jornadas sobre sismología. Allí se habló, entre otros asuntos, de la necesidad de impulsar entre la ciudadanía un mayor conocimiento en materia de sismología, y de la importancia de implicar a los colegios y las asociaciones de padres y madres de la Comunidad Valenciana.
«Es importante formar a la población sobre el comportamiento que se debe seguir frente a un terremoto antes, durante y después de producirse el seísmo», afirma Giner. A nivel general, se recomienda, si se está dentro de un edificio, refugiarse bajo una mesa sólida que no sea de cristal, o bajo el marco de una puerta, protegiéndose la cabeza con las manos. Cuando se detiene el movimiento sísmico, es recomendable salir sin perder la calma a la calle, por si se repite, y dirigirse por el centro de la calzada hacia un parque u otro lugar alejado de construcciones, ya que los principales daños físicos son provocados por desprendimientos de cornisas, fachadas y balcones, o como consecuencia de la rotura de cristales.
Las jornadas también sirvieron para ahondar en la necesidad de formar a técnicos evaluadores de los daños ocasionados por los seísmos en las edificaciones, con el fin de poder determinar adecuadamente la trascendencia de las grietas, el riesgo de nuevos derrumbes y, en general, los efectos causados por los terremotos sobre las construcciones.
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