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Prostitutas a 5 y 10 euros

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Prostitutas a 5 y 10 euros

«Si antes era difícil encontrar trabajo, ahora más. No hay nada, ni para limpiar escaleras y con lo que dan, tampoco podría salir adelante. Yo estoy aquí por mis hijos. Lo hago por ellos»

15.01.12 - 01:40 -
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Rebeca, 32 años y prostituta, se acerca con desconfianza. Le he dado mi palabra. Su rostro no se mostrará en imágenes. En ningún momento se le identificará. Pero no se fía. Está en un descampado de Elche y hace un frío del carajo. En un intento de romper el hielo y antes de comenzar con preguntas incómodas, pienso en hacer algún comentario sobre la noche tan gélida que me está dejando los pies sin sensibilidad. Pero al observar cómo se mete las manos en los bolsillos de una cazadora que apenas le cubre el escote y en un intento de protegerse, me muerdo la lengua dos veces antes de hablar. Le pareceré una quejica. Y con razón. Llevamos solo 30 minutos a la intemperie y ella cerca de cinco horas. A su lado y tan abrigada como voy, parezco el muñeco de Michelín. El cuerpo de Rebeca, que tiene cara de muy buena gente, debe estar entumecido.
«Si antes era difícil encontrar trabajo, ahora más. No hay nada, ni para limpiar escaleras y con lo que dan, tampoco podría salir adelante. Yo estoy aquí por mis hijos. Lo hago por ellos», insiste. Le queda una hora para acabar su jornada y no ha tenido ni un solo cliente. Volverá a casa con las manos vacías.
La prostitución en la provincia se está recrudeciendo aún más si cabe. Hay más chicas, -hasta amas de casa se han metido en el negocio para «sacarse unas perrillas»- y menos clientes por la crisis económica. La competencia es feroz, y las ganancias han caído en picado hasta el punto de que algunas mujeres están aceptando todo tipo de condiciones de sus clientes, como no utilizar el preservativo y con tarifas a 'low cost': a 5 y 10 euros. Lo nunca visto. «A mí me lo propusieron por diez, pero me niego. No bajo de los 20-30 euros».
El reportaje es posible realizarlo gracias a la encomiable labor que realiza la Asamblea Local de Cruz Roja en Elche, que permite que se les acompañe en una de sus jornadas laborales facilitando el acceso a las mujeres.
Comenzaron en el año 2007 con un programa integral para dar cobertura asistencial a un colectivo al que se le mira de reojo, pero del que se hace uso. De lunes a viernes y con sus unidades móviles, trabajadores y voluntarios se desplazan hasta los puntos donde las tienen localizadas. Escuchan sus penas, intentan día a día su reinserción y les ayudan en sus miles problemas. Una de ellas es Rebeca.
Medio a escondidas y aprovechando la oscuridad de la noche para no llamar la atención, -todas tienen pavor a que les reconozcan familia, vecinos o sus proxenetas-, recuerda cómo hace dos años se trajo a sus dos hijos desde Rumanía buscando, como otros muchos inmigrantes, un futuro. Hasta entonces sus niños vivían con los abuelos, a quienes enviaba dinero. Pero allí no tendrían manera de prosperar y decidió que se vinieran a España.
Acabó en la noche. Un submundo al que, por el momento, no le ve salida. «Nunca sabes con quién te vas a encontrar y si te va a entrar un cliente que está loco, aunque a mí nunca me ha pasado nada, ni me han pegado ni me han robado». Y es que palizas, malos tratos y robos están a la orden del día.
En ese descampado al que ha acudido Rebeca, Cruz Roja despliega su dispositivo: una mesa y sillas de playa donde empiezan a servir café bien caliente a varias chicas que se acercan y se sientan a conversar. Es entonces cuando las prostitutas se quitan el caparazón que llevan encima. Otra de las herramientas de trabajo que utilizan para no dejar entrever sus miedos y sentimientos a los clientes.
Aunque parece que sigue incómoda con la conversación, Rebeca responde a todas la pregunta. Muchas veces con monosílabos. Todas menos a una. Su hijo mayor, un adolescente, ya sabe que su madre es prostituta. «¿Y qué dice?». Suspira con resignación. El pequeño no tiene ni idea, por lo que hay tardes que «tengo que esconderme» cuando sale del colegio. Siente pánico a que la madre de algún compañero la pudiera reconocer.
Beatriz Ros, responsable del proyecto y una de las que se ha ganado a pulso la confianza de las chicas, le ofrece un café. La entrevista concluye, Rebeca se relaja y comenta ilusionada que ya ha contratado un seguro médico para su familia por el que paga 100 euros. Pocos minutos después, me enseña en el móvil y con orgullo fotografías de sus dos niños. En una imagen aparece ella, sin maquillaje y con un vestido que no se ajusta a su cuerpo. Parece otra. Y más joven.
«Son mujeres que están destrozadas. Hay casos de violencia de género e, incluso, podríamos decir de trata de blancas con coacciones y amenazas. Por no tener, algunas ni siquiera cuentan con una tarjeta sanitaria para ir al médico. Lo que hacemos es conocer su problemática para ayudarles», resume Paco Riquelme, coordinador local de Cruz Roja, quien insiste en que «nosotros no somos un expendedor de preservativos».
Hasta ahora, cuando Rebeca o uno de sus hijos se ponían enfermos tenían que ir Urgencias, donde no les pueden negar la asistencia. Carecen de asignación de un médico de cabecera y hospital público de referencia. «Me dicen que si no tengo un trabajo y con un contrato de un año no tengo derecho».
El proyecto de Cruz Roja está conveniado con la Conselleria de Sanidad, el Ayuntamiento de Elche y fondos propios de la entidad. Se lleva a cabo, además de en el municipio ilicitano, en Elda, Jávea, Guardamar y Alicante, y durante el año 2010 se atendieron a 334 usuarios (280 mujeres y 54 hombres) y se realizaron 7.368 intervenciones.
Los siete trabajadores de la entidad -encabezados por su presidente, Joaquín Ferrández- recogen mesa y sillas y se desplazan a la segundo de las zonas asignadas. Suelen acudir a dos puntos y acaban de incorporar un tercero a la ruta, pero ruegan que no se den nombres de direcciones para evitar problemas.
Distribuidas por nacionalidades, hay zonas ocupadas por las nigerianas, otras por las rumanas, españolas y ahora mismo están detectando amas de casa de 50 años, que con la familia en el paro se han visto obligadas a ejercer. La última demarcación es la de los travestis, un colectivo que «sufre más problemas psicológicos porque llevan una doble vida», apunta Antonio Fernández, voluntario. Se refiere a que hay familias que no tienen ni idea de que sus hijos se transforman por la noche y se prostituyen.
Es el caso de Cristina, transexual de 32 años y «puteando desde hace siete meses». Extrovertida, concede solo unos minutos de entrevista porque tiene prisa. Acaba de empezar su jornada y no puede permitirse el lujo de perder el tiempo.
La minifalda de rejilla, con transparencias y de color rosa chicle -muy al estilo de 'Pretty Woman'- deja patente sus atributos. Porque Cristina explica, siempre gesticulando, que ella solo se hormona.
Es colombiana y vino hace siete años a España con un título bajo el brazo. «Allí estudié marketing, pero mira...». Su tarifa tampoco la baja, 20-30 euros, pero asegura que están ofreciéndose por 5 y 10 euros. «A mí uno quería que se lo hiciera por dos euros. ¿Están locos o qué?». Hay chicas que están aceptando estas condiciones, sobre todo, las nigerianas. «Es lo peor, hacen de todo sin condones y después de estar con el cliente las he visto que se han puesto a vomitar».
En el poco tiempo que Cristina lleva en el negocio ha comprobado cómo ha afectado la crisis. Ahora mismo, la prostitución da «para sobrevivir». Hay chicas que ganan una quinta parte respecto a hace tres años y otras aceptan «hacerlo por cinco euros y un chute». Pese a todo, tiene claro que «yo estoy puteando con dignidad», y se escandaliza de que jóvenes de 16, de 18 años y de 30 quieran hacerlo sin condones. «¡Están loquísimos!».
Ni fuma ni bebe, ni mucho menos se droga. Al igual que Rebeca. Ahora bien, ella sí que ha sido víctima de agresiones. Recuerda que una noche se liberó de un cliente pegándole con los tacones y en otra ocasión la desvalijaron. En una tercera unos chavales les tiraron huevos y piedras. «A mí me cayó una aquí». Se toca en el pecho. Una compañera no salió también parada y un pedrusco le rajó la mejilla. Otra noche se subió al coche de un cliente que venía recomendado por una compañera para sacar el dinero de un cajero y pagarle el servicio. A mitad del trayecto se puso nervioso. «Yo le tranquilizaba como podía, no me pasó nada pero me asusté mucho. Algunos también quieren que te hagas una raya con ellos y tienes que saber engañarles».
Su familia, en Colombia y donde envía dinero, no tiene ni idea de su situación. Es más, desconocen que por las noches cambia al completo su fisionomía. Le tratan como hombre y Cristina ni por asomo se plantea decirlo. «Cada noche que salgo de casa me digo: ¡Dios mío, que vuelva sana y salva!».
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