Este presidente autonómico, Alberto Fabra, tiene, como Mariano Rajoy, raza de político para una nueva época que abomina de la anterior, que si no fue la culpable principal de la crisis sí tiene responsabilidades evidentes en el desastre general. La herencia nacional recibida de Zapatero es tan nefasta como la dejada por Francisco Camps, un líder que, independientemente de lo que pase con el juicio por el asunto de los trajes y otras posibles derivaciones del caso Gürtel, queda definitivamente tocado como un pésimo gestor de los intereses de la Comunitat Valenciana.
La situación de bancarrota es apabullante. Fabra se está tragando un marrón de cien pares de cataplines. La deuda de la Generalitat es la segunda más grande de España y el Consell anda mendigando unos millones de euros hoy y otros mañana para ir apagando fuegos con tantos proveedores y acreedores como mendigan algo a lo que tienen derecho, mientras los recortes le crean enemigos en casi todos los frentes.
No hay que tenerle lástima, porque él se lo ha buscado. Y si no lo buscó, lo asumió al aceptar el cargo (la carga) que dejaba vacante Camps, que no es del Partido Socialista, vamos; que Fabra no puede decir que le han engañado los sucesivos Gobiernos del PSPV-PSOE; que esos 'sucesivos' han sido del PP. Luego están las otras responsabilidades políticas relacionadas con las fusiones, confusiones y disfunciones de las dos grandes cajas de ahorros autonómicas, Bancaja y CAM.
Todo el mundo está en pie de guerra. Se presenta un trimestre movido política y socialmente, además de judicialmente. Fabra pide comprensión para con las medidas de ajuste económico y poco menos que suplica solidaridad en estos momentos de sacrificio como fundamento de la próxima recuperación. La gente palpa el sacrificio, pero no avista la salida de la crisis, la añorada creación de puestos de trabajo.
Fabra propone justicia inexorable para los corruptos. No se casa con nadie. Da imagen de hombre bueno. Eso está bien, pero la gente quiere algo más. Medidas que reactiven la economía tras tantos años de promesas y de planes para relanzar la Comunidad de cara al año 2.020. Fabra es realista, pero de él y su equipo tenemos que esperar actuaciones para recuperar el estado de bienestar saliendo de la actual situación 'neorrealista'. De la euforia compulsiva de la era Camps hemos pasado a la depresión realista de la era Fabra. Recemos.