Integrado por una veintena de calles formadas por casas de planta baja y una altura en la que residen poco más de tres mil vecinos, según el censo de 2010, el barrio de Rabasa ocupa una amplia superficie de terreno delimitado por las avenidas de la Universidad y Jaime I, la autovía de circunvalación y una superficie de terreno de varios millones de metros cuadrados de terreno rústico. Un suelo que le han convertido en objeto de deseo de los urbanizadores y promotores que han presentado un polémico plan parcial que contempla la construcción de 13.500 nuevas viviendas. Y también de la multinacional del mueble Ikea que ha proyectado un macrocomplejo comercial. Proyectos ambos que lejos de preocupar a los residentes, los valoran positivamente porque ven en estas actuaciones una solución al problema del paro que afecta a la población.
Al entrar en Rabasa por la avenida de Jaime I se aprecian varias parcelas en construcción y zonas que han sido recientemente urbanizadas, con viales, plazas y espacios públicos que presentan un aspecto nuevo. El presidente de la asociación de vecinos Antonio Balibrea recuerda que son obras realizadas dentro del Plan Especial de Reforma Interior (PERI) de Rabasa, que prevé la construcción de 336 nuevas viviendas protegidas, de las que 46 las promueve la cooperativa «Los Lagos de Rabasa» del sindicato UGT, integrada por vecinos del barrio.
David Costa, un joven químico del barrio que ahora se esta construyendo una vivienda, y al que acompañan Iago Pérez y Eduardo Henarejos, arquitecto y el jefe de obra, define el barrio como «un pequeño pueblo en el que todos nos conocemos, que está muy bien comunicado y donde los jóvenes se ha quedado a vivir aquí».
Una posibilidad que les ofrece las promociones que ha realizado el Instituto Valenciano de la Vivienda (IVVSA) o las cooperativas formadas por vecinos que ha logrado reducir los costes del suelo y las obras.
Y es que, según los residentes a los que consultamos, este es un lugar tranquilo, en el que se vive bien, donde la convivencia y la relación social es mucho más intensa que en la ciudad. Un hecho que, como refiere Balibrea, se puede constatar en las noches de verano, cuando la gente saca las sillas a la calle y se relaciona. Algo que corrobora Maite Martínez, una joven que destaca que «como en Rabasa en ningún otro sitio». Añade convencida de que es un lugar para residir y echar raíces. «Yo he vivido con mis padres ahí -señala a una casita que da fachada a la plaza Mayor - y ahora vivo unas casas más arriba», resalta para reafirmar su criterio de que no se ira del barrio.
El barrio de Rabasa está indefectiblemente ligado al acuartelamiento militar, que durante muchos años fue Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) y ahora forma parte del la elite del Ejército de Tierra al convertirse en cuartel del Mando de Operaciones Especiales (MOE). Belén Milán, madre de familia que reside en el barrio desde que tenía ocho años, recuerda que en la época en la que miles de soldados hacían el servicio militar en Rabasa, había mucha más movimiento, más actividad económica. «Muchas mujeres se dedicaban a lavar la ropa de los reclutas y también se alquilaban taquillas para que, cuando salían de paseo, se cambiaran de paisano y guardaban el traje de soldado», indica con cierta nostalgia al tiempo que señala que «claro, había más bares y comercios, pero ahora las cosas han cambiado».
Sin embargo, ahora el barrio es deficitario en establecimientos comerciales pues solo hay dos bares, dos pequeños comercios de comestibles, una frutería, la panadería que sirve a muchos establecimientos de Alicante y la comarca de L'Alacantí, la farmacia y el restaurante Llinares, que se ha ganado una merecida fama de ser uno de los lugares donde sirven mejor marisco en Alicante. Déficit de locales comerciales que se quiere corregir con la ejecución del proyectado centro comercial previsto por el IVVSA en una parcela situada junto a la Plaza Mayor, donde se podrán instalar ocho establecimientos. Un equipamiento comercial que con la difícil situación por la que atraviesa este organismo público de la Generalitat, los vecinos están convencidos de que tendrá que esperar.
Vicenta Nadal, propietaria de la tienda de frutas La Carreta, que está próxima al cuartel militar, reconoce que la situación actual es difícil para mantener un negocio que funciona «para salir del paso y a veces a trompicones», porque ha bajado mucho la actividad en Rabasa.
Mientras recorremos el barrio encontramos a Federico González, pastor de ovejas que ejerce este oficio desde hace más de cuarenta años y que ayudado de sus perros dirige un rebaño de más de un centenar de ovejas y unas pocas cabras que pastan en los terrenos situados entre el barrio de Rabasa y el de San Agustín, cerca de la Vía Parque. Federico, que sigue al rebaño en su moto quads, asegura que recorre estas tierras con su ganado y que por ello ha de pagar a la marquesa propietaria de gran parte de este suelo. También Manuel Heredia, afilador que visita la ciudad con su particular silbato para llamar la atención de los clientes. Un oficio ya en extinción que compagina con su afición a la cría de jilgueros, mantiene en pequeñas jaulas de madera colgadas en la pared de la entrada de su casa, donde pasa el tiempo sentado al sol.