¡Mira mamá, nos confundimos con el cielo! Sus ojos miraban con esa fascinación por las cosas de la vida que al final acabamos perdiendo. Tras la ventana del tranvía, un cielo oscurecido de noviembre. Su nariz pegada al cristal le metió dentro de aquel manto tupido que reducía a sombras todo lo que no alcanzaba el haz de luz tenue y anaranjado de las farolas. Demasiada oscuridad para él y, sin embargo, siguió envuelto en ella sin despegar la nariz del cristal. El vagón estaba completamente iluminado, pero su mirada lo había llevado fuera de él. Yo veía sus ojos a través del espejo de la ventana. Estaba transportado. Apenas parpadeaba. Intenté sin éxito recordar la última vez que algo me sustrajo hasta tal punto de la realidad circundante. A él lo envolvía la oscuridad, y a mí sus ojos. No hay muchos momentos de esos en los que no existe el tiempo. En los que todo parece detenerse. Una voz enlatada salió de los altavoces anunciándonos el fin del trayecto, y las manecillas del reloj avanzaron veloces para recuperarse del tiempo ensimismado. Le cogí de la mano y bajamos al andén. Mientras caminábamos, él seguía practicando ese juego atrevido que consiste en intentar abarcar el mundo con los ojos sin ningún temor porque alguien te lleva de la mano. O te protege de cerca con su amor atávico y su atenta mirada. Me esforcé de nuevo por recordar algo de mi infancia que me hubiera fascinado tanto en el pasado como a él viajar con el pensamiento a la oscuridad de la noche a través de la ventana de un tren. Pero no logré recordar nada. Lo he olvidado, aunque sé que ocurrió. Sé que hubo un tiempo en que yo fui él. Me lo recuerda cada día de su vida, a cada momento.
De pronto reparé en algo. En los libros. Esas creaciones de otros tan presentes a diario en mi vida rodeándola por dentro y por fuera. Vivir las historias que encierran debe ser algo similar a lo que sentimos de niños, sólo que la seguridad de adentrarnos en su mundo no nos la da una mano querida, sino saber que no es real.
Recordé entonces la fascinación que me produjo, por ejemplo, conocer a Juan Pablo Castel. No existe. Es una invención de Ernesto Sábato. Un personaje tortuoso, oscuro y enfermo de soledad que actúa de narrador de su vida en 'El túnel'. Conoce a una mujer, María, de la que queda fascinado. Él de ella y yo de él. Describe sus emociones de una manera que, aunque sea por unos instantes, acaba haciéndolas tuyas. En un momento determinado del relato cuenta que tuvo un sueño: «Visitaba de noche una vieja casa solitaria. Era una casa en cierto modo conocida e infinitamente ansiada por mí desde la infancia, de manera que al entrar en ella me guiaban algunos recuerdos. Pero a veces me encontraba perdido en la oscuridad o tenía la impresión de enemigos escondidos que podían asaltarme por detrás o de gentes que cuchicheaban y se burlaban de mí, de mi ingenuidad. ¿Quiénes eran esas gentes y qué querían? Y sin embargo, y a pesar de todo, sentía que en esa casa renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia, con los mismos temblores y esa sensación de suave locura, de temor y de alegría. Cuando me desperté, comprendí que la casa del sueño era María».
He vuelto a esa parte del relato alguna vez. Porque recuerdo la sensación que me produjo haberme dejado empujar dentro de la casa como mi hijo dentro de la oscuridad que se movía tras la ventana de un tren. Probablemente estemos hablando de la misma fascinación, porque en realidad ambos estuvimos en otra parte. Es gratificante pensar que los libros nos devuelven la forma en que mirábamos de niños una vida llena de cosas por estrenar, por aprehender, por conocer. Y saber que una vez usadas, asidas, desveladas, hay otras nuevas invitándonos a volver a empezar.