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«Los atracadores iban a muerte»

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«Los atracadores iban a muerte»

03.10.11 - 01:43 -
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Vídeo: M.R.S.
Ayer no se hablaba de otra cosa. Ni crisis ni fútbol. No había otro tema de conversación que el atraco a la joyería Siglo XXI y las escenas, propias de una película de acción, que sacudieron el corazón de la ciudad el sábado al anochecer, en plena hora punta. Quien más y quien menos contaba la historia en primera persona. Muchos escucharon los disparos y pensaron que eran petardos. Algunos llegaron a ver huir a los ladrones, tipos vestidos de negro, encapuchados y cubiertos con máscaras del protagonista de la película 'V de Vendetta', que los activistas de Anonymous han convertido en un icono. Y otros, como los clientes y trabajadores del restaurante La Cueva, se encontraron, horrorizados, en medio de la línea de fuego.
Ese establecimiento está situado justo enfrente de la joyería asaltada. A las ocho y media de la tarde su terraza estaba llena. En pleno tiroteo, algunos de los camareros, como Pedro Pérez, un simpático y espigado gaditano al que todos conocen como 'Quillo', no dudaron en arriesgar sus vidas para proteger la de los parroquianos.
Las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad del restaurante, a las que ha tenido acceso este diario, resumen fielmente los momentos de pánico y desconcierto que se vivieron.
El 'Quillo' no dudó ni un segundo. Saltó la barra, se arrojó al suelo y fue reptando como una lagartija hasta la calle para proteger a una clienta, una señora mayor que seguía erguida, ajena al peligro de la balacera. «Estaba como aturdida. No sabía qué pasaba. Le dije: 'Están atracando una joyería, pero no se preocupe, cálmese y ahora la llevo dentro».
El camarero ha repetido decenas de veces la misma historia, pero todo el mundo quiere volverlo a escuchar por su boca. Las cámaras de algunas televisiones lo buscaban ayer sin descanso y algunos turistas incluso se fotografían con él bajo las ristras de jamones que cuelgan del establecimiento: 'Quillo', el héroe.
Sin embargo, no fue la suya la única acción noble que surgió en medio de la balacera. En las imágenes del bar se ve a otro cliente coger prácticamente en volandas a un anciano de la terraza para ponerlo a salvo. Todos los camareros de La Cueva colaboraron en esa 'operación rescate'.
El dueño del restaurante, Jorge Pérez, que estaba ausente en esos momentos, elogiaba ayer la valentía del 'Quillo' y del resto de su plantilla. El hostelero, oriundo de Granada, perdió bastante dinero a causa del suceso porque muchos de los clientes se marcharon sin pagar. Pero él lo encaja con una sonrisa. Un puñado de euros carece de importancia «para lo que podía haber pasado», viene a decir.
No en vano, el restaurante está situado justo en la línea de fuego de los atracadores, que se parapetaron en la puerta de la joyería. El kiosko de prensa situado a un costado de La Cueva recibió un sinfín de balas perdidas y la zapatería de la lado contrario otras tantas. De hecho a la propietaria de este último comercio le alcanzó un proyectil en el abdomen y tuvo que ser intervenida quirúrgicamente esa misma noche, aunque ya está fuera de peligro.
Las huellas de la intensa balacera se convirtieron ayer en un atractivo turístico. A lo largo de todo el día los curiosos examinaron los agujeros hechos por los disparos de los ladrones en fachadas y portales y se fotografiaron junto a ellos.
Los asaltantes atacaron a la Policía con escopetas de cañones recortados y un subfusil de asalto, un Kalashnikov. «Iban a muerte», asegura el 'Quillo'. Y menos mal que no explosionaron la granada de mano que transportaban en coche que utilizaron para cometer el robo. Sus intenciones estaban claras desde el principio. Robarían y saldrían de allí como fuera, con los pies por delante si era preciso. Llevaban chalecos antibalas y las muñecas y los tobillos forrados con cinta adhesiva para no dejar rastros biológicos que condujeran, a través del ADN, a su identificación.
Uno de ellos murió abatido por los disparos de los uniformados. «Nuestro principal objetivo fue repeler la agresión y proteger las vidas de las personas, declaró ayer a los periodistas la inspectora Clara Blanco en presencia del comisario provincial, Enrique Durán, y la subdelegada del Gobierno, Encarna Llinares.
La banda tenía su base de operaciones en un chalé de la partida de Cañada del Fenollar que ayer fue registrado. Allí vivían un padre y su hijo, ambos detenidos. El primero aseguraba ser jubilado, pero desapareció una semana en el mes de julio sin dejar comida a su perro y luego contó que le habían operado de la próstata. Esta misma semana, los inquilinos tuvieron una fuerte discusión con otras personas, según los vecinos.
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