Existe una tendencia generalizada a nominar a la gente por sus costumbres, sus aficiones, sus defectos (también, aunque es más raro, sus virtudes), de un modo personalizado, que debe de venirnos desde que el mundo es mundo con personas dentro que se pasan la vida a lo grande observándose unos a otros, criticándose habitualmente y, pese a no estar ahora tan de moda, ponerse unos apodos que luego heredan los descendientes sin saber muy bien de qué les ha venido el sobrenombre a toda la familia. En los tiempos que vivimos, de tanto mirarnos a nosotros mismos y ver comportamientos en la tele (que es el espejo de modas, uso de palabras y formas de relacionarse los humanos consigo mismos, las cosas y las situaciones) ya es todo más gregario y, por su propia estructura, más exiguo, así que ahora se nos suele agrupar como pelotones, todos haciendo lo mismo y denominándonos, con inusitada simpleza 'generaciones', y con mucha razón, porque es algo que suele durar poco, aunque siempre depende de la época a la que nos refiramos, pues no es lo mismo ser de la generación de la guerra de Cuba (que fue un hecho histórico y por ello perdurable), de la de los calzoncillos hasta los pies, o del biquini, que ambos obedecen a modas, bien pasajeras o con posterior arraigo. Lo novedoso está en que también llamamos generaciones a territorios amplios en el tiempo donde confundimos personas con objetos del momento, lo que ya roza, curiosamente, la 'degeneración' del lenguaje, por el hecho de que tienen en común usos y grandes habilidades.
Aquí sí que cabe muy bien la que algunos llaman, por darle continuidad a la generación X, que ya va por los treintañeros, la generación MI (que procedería de multimedia, multitarea, multicanal, e interactividad) o la TIC, nombre que procede de Tecnologías de la Información y de la Comunicación, que existe como nombre de departamento especializado que estudia comportamientos en el uso de los medios en algunas universidades; los positivos, tales como facilitar conocimiento, comunicación, participación y relaciones sin limitaciones geográficas ni horarias, agilizando actividades personales y sociales, y los negativos: adicción, dependencia, invasión de personalidad, a la vez que anonimato, pérdida de noción del tiempo, descontrol de situaciones, abandono del aspecto personal, y otros riesgos. Estudios diferenciados, quizás queriendo quitarle hierro, preocupados también -como los demás- por la brecha que estos jóvenes tienen casi necesariamente con sus progenitores, la han querido denominar de un modo más divertido y halagador, como 'generación del pulgar', por uso y abuso de mandos, pantallas y teclados. ¿No se ha quedado usted admirado viendo a los chavales manejando móviles con sólo ese dedo con soltura y a gran velocidad?
La vida real se parece cada vez más a la digital porque las generaciones (de personas y de aparatos) han crecido juntas y se han ido adaptando a las nuevas necesidades creadas sin las que ya no se puede vivir; porque se quieren las cosas al instante y que estén controladas, o porque hay que abandonar lo que aburre, o porque hay que juguetear con algo que tenga un mínimo de complejidad y a ser posible con un rival a distancia, o porque se hacen intercambios entre varios 'amigos' a la vez y sin tener que ponerse de calle para salir de casa, porque sin moverse del lugar donde uno se ha acomodado ni siquiera tiene que dar dos pasos para abrir un diccionario enciclopédico y llegar a la página donde se encuentra aquello que por el sistema de búsqueda nos da más rápidamente internet, con datos más actualizados. Con estos planteamientos, y a lo mejor sin pretenderlo, se ha dado justificación al interiorismo minimalista, adelgazándolo aún más al integrar muchos mandos en uno solo que, además, hace fotos, sirve de agenda, cuaderno de notas y libro para leer en pantalla ampliando el tipo de letra. Supongo que nadie pensaría que alguna vez estaría eso en nuestro cuerpo como una extremidad más. ¿Para qué estudiar si está todo en un implante que llevamos aunque forme callos en el pulgar?