Claudio Cerdán (Yecla, 1981) todavía no ha cumplido los 30 años. Sin embargo, ha presentado ya su tercera novela y, por las críticas que ha recibido, la precocidad no supone un lastre. Licenciado en Sociología por la Universidad de Alicante, empezó con dos novelas de aventuras fantásticas. Con este tercer escrito se ha pasado a la novela negra y le ha dado la vuelta a algunos cánones del género. El investigador es un delincuente salido de la cárcel, un asesino llega a caer bien a los lectores y el malo, si persigue a un delincuente, debe ser muy malo. Y todo esto, en una trama por las calles de Alicante. Sin pistolas ni sangre. Pura literatura.
-¿Cómo describe su tercer trabajo, 'El país de los ciegos'?
-Es una historia de segundas oportunidades. Un delincuente sale de la cárcel y no quiere rehabilitarse. Quiere recuperar los años perdidos y seguir en las calles y la delincuencia. Pero se ve metido en un asesinato que no ha cometido y que todo apunta a que ha sido él, por lo que tiene que ponerse a investigar para no volver a la cárcel. Al final, es una historia de la calle donde todos son delincuentes, hasta los policías.
-Es su primera novela negra. ¿Escribió antes otras dos fantásticas?
-En efecto. Esta es mi tercera novela, tras 'El Dios de los Mutilados' y 'Cicatrices'. Aquellas fueron fantásticas porque las circunstancias del mercado y de las editoriales me los pidieron así. Pero las historias que escribí no se alejan tanto de las de la novela negra. En lugar de pistolas llevan espadas. Ya se olía un aroma a novela negra porque es lo que me gusta.
-Entonces, ¿la idea de escribir una novela negra le rondaría el pensamiento desde hace tiempo?
-Siempre ha sido mi estado natural. Hice otros géneros por motivos de publicación, pero la novela negra es la que me gusta desde hace muchos años. Hace ya tiempo que tenía la historia de 'El país de los ciegos' para contar, pero no me acababa de sentir seguro. Lo normal sería que me gustara la novela fantástica y de ahí evolucionar a la novela policíaca, como he ido escribiendo. Pero en este caso fue al revés, lo que me gusta es este género y lo he dejado de lado hasta que me he sentido con ganas.
-¿Eligió Alicante por algún motivo concreto para desarrollar el contexto de su historia?
-He vivido seis años aquí. Es una ciudad importante que conozco y tiene puerto, montañas, pueblos satélite, una universidad. Es un contexto idóneo. Además, un día leí, hace años, que era la provincia con mayor tasa de delincuencia por habitante. Tras esto me fijé en las noticas de sucesos en la prensa y descubrí que, en efecto, hay crímenes curiosos y significativos de determinados tipos de delincuentes. Además, es una ciudad que no se ha utilizado demasiado para cine o literatura. No se trata de un lugar como Nueva York, pero un aire a Miami, por la costa, sí que tiene.
-¿Utiliza enclaves reales de la ciudad o son ficticios?
-La mayor parte de lugares son reales, pero he intentado evitar domicilios concretos o lugares muy específicos para evitar ofender o molestar a alguien. Utilizo calles reales pero, por ejemplo, utilizo un número que no existe de esa calle o, si utilizo nombres de restaurantes u moteles, los nombres son ficticios. Pero la trama pasa por Canalejas, el castillo de Santa Bárbara, la plaza de Luceros, San Vicente del Raspeig, la Universidad de Alicante o la plaza de Gabriel Miró, donde aparece un cadáver en la fuente. Los ciudadanos de Alicante, los pueblos cercanos o los que conozcan la ciudad, disfrutarán leyendo e imaginándose por estos sitios.
-Algunas críticas hablan de que el traspaso de la línea de la moral a través de los personajes es una característica muy llamativa de la novela. ¿Lo cree así?
-Por una parte se traspasa la línea de lo correcto moralmente con facilidad, pero por otra parte se tratan valores sociales que se están perdiendo. Hay escenas duras, acciones muy crudas pero no es una novela sangrienta. Solo hay un tiro en toda la historia. El 'Tuerto' es un hombre que no es agradable. Pega primero y después pregunta. Intimida por sistema y vive en el código de la calle. Él tiene su propia moral y mata al que le quiere matar o pega a quién hace algo malo. A mi madre y a mis amigos les cae bien.
-¿Puede explicar más detalladamente cómo un asesino cae bien a su madre y a sus amigos?
-Yo les digo que no puede caer bien una persona que da palizas y asesina, aunque sin ser intencionadamente, a dos niños. Pero cuando explican mejor el porqué de que les caiga bien, se refieren a sus valores de lealtad. El código de la calle también tiene eso, que la lealtad y la fidelidad es un valor que perdura. Le dije a un amigo que tener un amigo así sería vivir bajo el ala de un dragón. Me respondió que si fuera así, al menos sabía que es un dragón, porque hay pajaritos que matan a picotazos.
-Otro aspecto destacado de su novela es que el que investiga la muerte es un delincuente y no un detective o un policía, que es lo habitual. ¿Cómo surge esa idea?
-No recuerdo un momento o un detalle que me diera esa idea. Simplemente fui creando la historia. Al final, si te interesa la novela policíaca, te das cuenta que lo que busca el investigador es salvarse a sí mismo. Por eso, lo único que cambia es que en lugar de acudir a los archivos, ha de sobornar a un policía. Diría que en el círculo de delincuentes, lo son todos por igual, incluidos los policías que sobornan, extorsionan o se dejan sobornar.
-Una revista literaria le calificó como el «Quentin Tarantino de la novela negra». ¿Qué le parece este calificativo?
-Sinceramente, no lo entendí muy bien. Si se refiere a la sangre, en mi novela no hay apenas una gota ni un miembro amputado. En toda la historia no aparecen casi pistolas y solo se da un tiro. Supongo que será porque la novela está contada en primera persona desde la mente del delincuente y éste es prepotente, irreverente, y se maneja entre la delincuencia. Pese a ello, no se utilizan demasiados tacos ni palabras de la jerga. Siempre es un placer que te comparen con un maestro como Tarantino, aunque en este caso, si es por lo sangriento o lo crudo, no lo entiendo. Supongo que será por el reflejo de la delincuencia. Ahí compartiría la comparación.