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Una muestra colectiva de entereza

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Una muestra colectiva de entereza

Los japonenses han sido modélicos y un paradigma de comportamiento a imitar

02.04.11 - 02:16 -
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Hemos estado esperando a que se aclararan mejor las informaciones que nos llegan de Japón después de haber sufrido uno de los mayores terremotos del mundo y un escalofriante tsunami el pasado 11 de marzo, cuyas imágenes se siguen poniendo en las televisiones y son tan repetidas que consiguen el efecto de no decirnos ya casi nada. Otros acontecimientos de interés han distraído nuestra atención, es cierto; pero teníamos que tener la paciencia de ir viendo cómo aquel desastre iba perdiendo su lugar en los titulares principales de los medios de comunicación. Por otra parte, cuando se hablaba del cataclismo la noticia que allí nos situaba parecía haber olvidado todo lo escabroso de lo que han sufrido los japoneses, que es en realidad la muerte de tantísimas personas y los consiguientes dramas familiares, para referirse al estado, evidentemente que también preocupante, de la central nuclear de Fukushima-1, hasta el punto de saber con toda puntualidad las faenas que allí se realizaban y que los que trabajan, probablemente infectados de material radiactivo, serán héroes por haberse convertido en kamikazes que darán su vida por salvar la planta nuclear, digo no: la difusión maligna, y que ayer dijo el primer ministro japonés, Naoto Kan, que va a estudiar la posibilidad de abandonar el plan ya existente de construir más centrales eléctricas nucleares en el país.
Pero claro, que esto ocurriera así se debe a que, por su efecto mundial, lo que cada medio ha hecho ha sido dar sus prioridades al efecto nuclear, que es el que está calentito por varias razones: la primera por su propia realidad, o sea que aquello se puso a dar explosiones y a escupir fuego, y pasaban días y más días sin poder enfriarlas ni prácticamente desconectarlas; la segunda, lógica, que se contamine todo el planeta con los efectos del plutonio, y la tercera, dar árnica para el debate existente, potenciado por grupos ecologistas, de lo peligrosas y perversas que son estas fuentes de esa energía que necesitamos, aunque otras tantas derrochamos, pero que miren ustedes cómo nos ponen a los pies de los caballos. Lo que hemos estado queriendo saber y que a esta hora aún no lo sabemos con claridad, ni siquiera consultando a distancia con los medios locales, es el número de víctimas. No sé qué es más caótico, que un periódico de allá mantenga que hay más de 10.000 muertos y 12.000 desaparecidos, o que una televisión exagere (¿) hablando de más de 25.000. Y da coraje pensar que por parte de todos ha pasado el bagaje humano de esta devastación a segundo plano, quizá pensando que esto ya no tiene arreglo y lo otro sí a nivel general.
Probablemente el pueblo japonés ya está acostumbrado a estos toques terroríficos que les da su propio subsuelo, y esa experiencia, con su peculiar estilo mental, concentrado y combativo, que no se arruga ante la adversidad, nos ha dado un ejemplo de saber ser y estar con una espiritualidad y filosofía envidiable, que consiste en saber dominar la propia sensibilidad, con fortaleza ante la desgracia y ecuanimidad ante el dolor propio y ajeno. Las víctimas de estos temblores o castigos de la tierra y las embestidas del mar, han dejado numerosas víctimas que seguían sonriendo, guardando su turno en las colas, no saliendo de su sitio ni armando escándalos, no realizando actos de pillaje o saqueos. Han sido modélicos y un paradigma de comportamiento a imitar. El japonés Kenzaburo Oé, premio Nobel, tuvo que visitar a su hijo que quedó con una lesión cerebral irreversible tras el bombardeo, precisamente nuclear, en Hiroshima, y dijo que había salido del pozo neurótico en el que había caído gracias a la profunda humanidad de sus gentes. Lo que él encontró fue «una muestra colectiva de entereza», lo mismo que estos días hemos visto asombrando al mundo globalizado en directo. Su silencio ante la contrariedad es su respeto y su oración.
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:: JESÚS FERRERO


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