Afloran los nervios y no deja de ser curioso porque el descenso continúa tan lejos como hace semanas a pesar de la reunión de despropósitos. Síntoma nefasto, cuando la tensión se convierte en crispación, el final se torna predecible. Desconcierto, insultos entre jugadores en medio de la pista, piques verbales durante el tiempo muerto, patadas a la silla tras ser sustituido, protestas desmedidas a los colegiados...
Observas la escena desde fuera y no necesitas pasar por la facultad de medicina para deducir que a este Lucentum le duele algo más que la derrota. Quinto revés consecutivo e igualada la peor racha del curso. La única beneficiada, la estadística que ratifica la norma: sin la pareja milagro (Hasbrouck-Rancik) resulta imposible saborear una victoria. Reapareció el americano, pero sin el pívot eslovaco la poción mágica es un simple caldo.
Pasan las jornadas, ya sólo restan ocho para el final de la fase regular, y cuesta reconocerle un estilo de juego creíble al Meridiano. Ni siquiera asoma el que le valió a Vidorreta para revertir la dinámica mortecina de Quintana. Vuelven los errores pretéritos, la improvisación, los pasos atrás de Doellman y Stojic, las bolas clave del encuentro regaladas al adversario, los botes en los pies y los 'ésta me la tiro porque yo lo valgo'. Ver caras nuevas en el banquillo cada 15 días es contraproducente y dificulta la búsqueda de un sello propio. Lo mismo que ir al cajero y descubrir que este mes la nómina tampoco sale reflejada en el extracto. Los de abajo no aprietan y por ahí se va salvando el proyecto... de momento.
Dos mitades bastante bien diferenciadas. En la primera, el bloque alicantino se mostró sobrio en defensa y eso le permitió controlar el careo con una autoridad fugaz, insuficiente. Valladolid no anotaba por dentro, pero seguía insistiendo consciente de la debilidad de su rival en la 'pintura'. Doellman vio pronto la segunda falta y se precipitó el regreso del gran capitán.
Con De Miguel y Rejón como pareja interior, se perdió finura, pero se incrementó la rudeza y con eso bastó: 16-16. En el segundo acto creció la intensidad en la contención, Hasbrouck aportó claridad a la circulación y, cuando no estuvo él, Heurtel mantuvo el listón con minutos de amplio aporte calórico para su vanidad. Llompart conectó por el aire con Martynas y los alicantinos tallaron una renta favorable de ocho puntos: 31-23. El galo pudo explotar de gozo, pero se le salió el triple que debió haberle dado la máxima ventaja a su equipo antes del descanso. Al final, 35-28.
Borrón y cuanta nueva, pero literal. Porfirio Fisac rompió la hoja de ruta que traía de casa, liberó centímetros y alejó el balón de la zona. Apostó por la circulación abierta y obligó a la defensa del Meridiano a ampliar los desplazamientos. La maniobra no pudo ser más eficaz: 41-42, en sólo cinco minutos. Valladolid llegó al receso reglamentario con 27 de valoración y cerró el choque con 81. Todo lo que hizo en los segundos 20 minutos le sirvió de algo, fue positivo, justo lo contrario que el Lucentum, que en la primera mitad firmó una valoración de 38 y acabó con 51. Sin comentarios. 44 puntos le endosaron los vallisoletanos al marcador con su cambio de estrategia.
Cosa de tres
La responsabilidad ofensiva de los alicantinos quedó reservada en exclusiva a Doellman, Hasbrouck y Heurtel. El resto, o se borró, o no arriesgó o simplemente optó por no molestar. Faltaba tiro exterior. Urtasun lo sabía, pero... El entrenador volvió a dejarle fuera de la partida a pesar de la baja de Cazorla y a los triples convertidos por el navarro en las últimas tres semanas.
Isaac López, libre de marca, dibujó una parábola desde el 6,75 demoledora, de esas que cierran contiendas: 52-60. Pero no. Vidorreta paró el choque y Martín Bertrán, movido por su mala conciencia, echó una mano, la misma que luego utilizó para estrangular al Meridiano: 61-61.
Pasaje digno de estudio: mil vueltas dando tumbos dentro del laberinto y cuando por fin se abre la trampilla para llegar al destino nadie sabe cómo cruzarla. La cadena de favores al enemigo se acabó anudando en el cuello del Lucentum y le dejó sin oxígeno. Tres balones fundamentales desperdiciados, todos los ataques descabezados, pésimas selecciones de tiro e idéntica sensación de impotencia en la grada, que está harta de tragarse bodrios matutinos que se aguantan sólo por la incertidumbre del resultado.
De nuevo, y ya son muchas, los directores de juego dilapidan cualquier atisbo de criterio en la manera de atacar. Y en vez de hacer autocrítica, respirar hondo y volver a empezar, volcaron su frustración sobre Martynas que, para desgracia de Llompart, era el único hombre con dobles figuras sobre el parqué. El mallorquín se llevó a casa un -3. Vivir al ritmo de Heurtel no es ni recomendable ni productivo. Anotó 18 puntos, pero eso no sirve para enmascarar la gravedad de sus fallos... generalmente condenatorios.