Cuando ves a jueces y fiscales sin la toga se te antojan gente normal y corriente. Y lo son. Pero entre los juristas, como entre otros profesionales, hay personas sencillas, deseosas de pasar desapercibidas, y otras que, en ocasiones o con frecuencia, se hacen notar más de la cuenta. Al hilo de la actualidad he descubierto que el fiscal jefe de Elche-Orihuela, Ramón Siles, ha protagonizado un incidente con el interventor de un tren en el que viajaba de Madrid a Alicante. En la trifulca verbal intervino también un comisario de policía que viajaba en el convoy, testigo de cargo contra Siles, quien fue apeado del vagón en la estación de Alcázar de San Juan.
El interventor requirió a Siles para que le acompañara a un vagón de segunda clase debido a un problema con su billete tras haber perdido el fiscal un tren anterior. El empleado de Adif ha denunciado a Ramón Siles y éste no ha decidido si hará lo mismo contra el interventor. Hay más testimonios sobre un supuesto comportamiento indecoroso de Siles. Él lo niega. Asegura que tenía todo el derecho para seguir en su asiento, pero reconoce que el incidente fue muy desagradable y que «se me fue de las manos».
Uno de los pecados capitales es la soberbia y para combatirla hay una virtud, la humildad. Con humildad no se habría producido el altercado del tren, como tampoco hubieran tenido lugar las incursiones de Baltasar Garzón en terrenos hipersensibles relacionados con el franquismo y sus crímenes, empeñado el juez en ignorar la ley de amnistía que, con la entrada en la democracia, llevó a los representantes de los españoles a enterrar las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil, los crímenes de los dos frentes y también los del franquismo.
El juez estrella se ha estrellado contra un muro y su soberbia le ha llevado de juez a imputado. Pero él sigue montado en su soberbia y en presentarse como mártir por defender la justicia universal «cuando fallan los sistemas locales», como acaba de proclamar en Segovia, donde le han organizado una conferencia-exhibición, la última por ahora. Tenemos varias leyes para enterrar el pasado con dignidad. Remover los crímenes de derechas e izquierdas es perverso. Donde algunos ven justicia, la inmensa mayoría ve soberbia. Ir por el mundo con un poco de humildad no les sentaría mal a Baltasar Garzón y a Ramón Siles. Ni a mí, ni a usted, lector amigo.