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Triste enseñanza superior

10.09.10 - 01:25 -
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La costumbre impone el quejido tras unas vacaciones y el experto de turno receta la incorporación suave para evitar supuestas debacles psicológicas. Lo cierto es que los más pequeños, tras más de dos meses de asueto, están ansiosos de reencontrarse con los suyos. La vuelta a clase en las enseñanzas secundaria y superior, para ambos colectivos, estudiantes y profesores, es otra historia aparentemente diferente, aunque por razones obvias me ocuparé de la segunda.
La vivencia de varias épocas, con las sucesivas reformas educativas, nos hacen ver una regla general: no existe política educativa de estado, sólo de partido. Como éste, del color que sea, sólo está interesado en el puñado de votos que necesita para apoltronarse, la consecuencia es de libro: rebaja escandalosa de los niveles de contenido y exigencia. Ejemplos los hay por doquier: el preuniversitario y los selectivos desaparecieron por mor de los habituales expertos que amenazan con el consabido trastorno psíquico irreversible. Se le sustituye, con sustantivas rebajas, por el COU, cuya prueba final se dice, con pasmoso descaro, 'de madurez'. Mientras que la época de rebajas se ciñe a enero y julio, nuestros sucesivos ministerios de educación y ciencia se han convertido en oficinas con gangas permanentes en la expedición de títulos.
Recuerdo a mis maestros, que también sufrían estoicamente cada llegada de octubre, pero que muy pronto superaban cuando contemplaban el afán de aprender de sus estudiantes. Mi admiración por ellos no hace más que crecer, pues han hecho posible la enseñanza superior de la que España se enorgullece en los albores del siglo XXI. Ellos pusieron los cimientos para que hoy presumamos de ser la novena potencia mundial en producción científica y lo hicieron dando ejemplo docente e investigador. Nos situaron en la vanguardia del conocimiento y nos dieron las pautas para convertirnos en críticos y creadores, y todo ello con apenas un trozo de tiza y una pizarra, o un lápiz y un papel, o simplemente las servilletas del bar a la hora del café o la comida. Jamás osamos pedirle un programa de la asignatura, con cronograma detallado, tipos de examen, herramientas y métodos de evaluación, etc.
He intentado imitarles transmitiendo lo que de ellos aprendí, pero observo la tristeza y el desánimo con que mis jóvenes colegas preparan cada nuevo curso. Decía A. Einstein que sólo hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana, claro que el genio tuvo la inmensa suerte de no conocer el Tratado de Bolonia, con el cual la burocracia universitaria también alcanza tan indeseable límite. Ya no se trata de ofrecer un programa de la asignatura, con especificación de contenidos y bibliografía, ahora nos hemos dejado imponer la llamada guía, que -convertida en un acta casi inquisitorial- debería reflejar hasta el número de horas que cada chaval tendría que dedicar al estudio de cada lección.
Además, Bolonia dogmatiza que los nuevos procesos formativos se han de centrar en los resultados del aprendizaje expresados en términos de competencias, así que, en un abrir y cerrar de ojos, desembarcan los nuevos sanedrines de la pedagogía y las nuevas tecnologías, imponiendo las modas a la hora de presentar una lección, almacenarla en algún servidor o cualquier chisme al uso y colocarla en un sitio abierto a disposición del usuario. Llega el momento de reproducirla, con el aula abarrotada, y ocurre -con demasiada frecuencia- que la red se ha caído o el servidor está de espaldas, y no queda otro remedio que recurrir al pendrive que, por seguridad, llevas en el bolsillo con la copia necesaria, pues ya sabías todo lo que podría -y que suele- ocurrir.
Se dice que los nuevos grados se centran en que el estudiante adquiera las competencias profesionales necesarias, para lo cual las clases de toda la vida pasan ahora a llamarse presenciales, con las pertinentes subdivisiones en magistrales, seminarios y tutorías, sin contar las prácticas de laboratorio y de ordenador. A las primeras asisten todos, a las segundas la mitad y a las siguientes la mitad de la mitad, por lo que las nuevas necesidades de profesorado, para atender grupos cada vez más reducidos, son inasumibles por el actual modelo español de contratación de profesorado asociado, cuando los estudiantes de los últimos cursos -receta muy conocida- resolverían con éxito el problema.
Aquella Universidad, fuente y refugio de la sabiduría, que fue generadora y administradora del conocimiento, está sufriendo tantas y tan rápidas reformas, centradas en la forma y despreciando el fondo, que muchos profesores universitarios -docentes e investigadores en la misma proporción- están viendo saqueada esta segunda faceta, robándoles de todas las maneras posibles el tiempo para practicar tales menesteres, olvidándose de que la característica más sobresaliente y distintiva de una institución que se quiera llamar de enseñanza superior es su potencial investigador.
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