N unca he llegado a comprender el motivo por el cual, aquellos que en su momento apellidaron a estas fiestas en nuestra geografía con el nombre de moros y cristianos, no lo hicieron al revés. Es posible que fuera por ubicar cronológicamente a estas culturas en nuestras tierras y porque los últimos quedaron triunfantes, mientras que los primeros fueron sojuzgados tras la Reconquista y la gesta de La Armengola. Pero, visto así, con anterioridad a la misma, primero fueron los cristianos y los invasores fueron los moros, quedando aquellos sometidos bajo pacto de Teodomiro y la hazaña de «las mujeres barbadas», y los segundos, dominadores durante varios siglos. Sea como fuere: cristianos y moros o moros y cristianos, la historia se ha escrito así, y con las fiestas se intenta rememorar la misma.
Hay un aspecto que no he me he explicado nunca; es el hecho que nuestra historia dentro de estas fiestas no la hemos sabido siempre vender. Otras poblaciones, habrían hecho valer esta antigüedad y la tendrían por bandera, cuando apenas superan un siglo, mientras que, en Orihuela, siendo más que cuarto centenarias apenas le hemos dado importancia a este hecho.
Hace muchos años, el que fue cronista de Orihuela, J. Rufino Gea, redactaba un trabajo titulado 'La Ciudad de Orihuela. Resumen histórico-geográfico', con motivo de la fiesta de la promesa a la bandera de los Exploradores oriolanos (de los que hablaremos más detalladamente en otra 'Vuelta a los puentes'), celebrada el 15 de junio de 1917. Dicho trabajo fue publicado a finales de agosto y primeros de septiembre de dicho año, en 'El Conquistador', semanario tradicionalista, órgano del Partido Jaimista y defensor de la Solidaridad Oriolana. En el citado trabajo, el historiador, refiriéndose a la fiesta de la Reconquista, decía textualmente: «había, además, danzas de gigantes y cabezudos, tres corridas de toros y vistosos simulacros de moros y cristianos».
Esta breve nota, posteriormente, se ve ampliada en el Sermón del Pájaro predicado en 1972 por el franciscano Agustín Nieto, que fue publicado, anotado y documentado ocho años después y reeditado en facsímil en 2005.
Este texto, es en el que, basándose en la documentación de nuestro Archivo Municipal se data en 1579 la celebración de «un simulacro de batalla de cristianos y moros», aunque ello no quiere decir que no se efectuara con anterioridad. La descripción y los datos que se nos aportan no pueden ser más elocuentes, pues de estos se desprende todos los detalles del mismo. De esta manera, los jóvenes del Arrabal de San Juan con su capitán al frente representaban al bando moro, vestidos a su usanza y armados con flechas. Mientras que los del barrio de San Agustín actuaban como cristianos atacando con escopetas. Los moros aguardaban en el puente y en dicho Arrabal, y tras la lucha salían huyendo perseguidos por los cristianos hasta la Plaza de la Catedral, donde eran desarmados y maniatados, siendo después conducidos delante de la procesión hasta la iglesia de las Santas Justa y Rufina, en la que se efectuaba a continuación la celebración religiosa.
Documentalmente, además de los datos referidos a este año, cuyas fiestas coincidieron con la entrada en Orihuela del gobernador Juan Quintana, existen de 1580 y 1586, aunque no hay que descartar que en los años intermedios también se efectuasen. Concretamente, en 1580, entre otros gastos, se abonó a Juan Irles 11 sueldos, por fabricar 22 alfanjes para «el juego de moros y cristianos» y 20 libras, 15 sueldos, 4 dineros por la construcción de un castillo de madera «para representar la conquista de la ciudad».
Hay otro aspecto que también podríamos incluirlo, con cierta dosis de generosidad, dentro de lo que conocemos como desfiles en nuestras fiestas. Me refiero a la presencia de comparsas y carros triunfales con ocasión de las proclamaciones reales de Carlos III (1759) y Carlos IV (1789). En la primera de éstas, dentro de la Pompa Triunfal que ofrecieron los oficios y los gremios, los tenderos y taberneros presentaron una galeota de turcos, desde la que doce pedreros efectuaban salvas, mientras que ocho marineros maniobraban con las velas y otro grupo de turcos entonaban cantos, quedando escoltada la nave por una compañía de los mismos «vestidos con turbantes, garzotas y joyas» y armados con arcabuces. En la segunda proclamación, se presentó un carro triunfal a cargo de los mesoneros, en el que aparecía un gigante turco que movía los ojos, la boca y el brazo derecho con un alfanje, mientras que los castellanos nuevos presentaron a numerosas parejas a pie y a caballo «vestidas a la turca con la mayor propiedad y riqueza».
Con todos estos datos, llegados a través de impresos del siglo XVIII y de la investigación del Padre Agustín, nadie podrá dudar que, en Orihuela se celebre una de las Fiestas de Moros y Cristianos documentalmente más antiguas. Sólo nos falta saberlas vender aún más, y haciendo uso de nuestra documentación, luchemos para que pronto, además de estar declaradas como de Interés Turístico Comunitario alcancen el carácter Nacional. Aunque, nos sigue quedando la duda si hablamos de moros y cristianos o de cristianos y moros.