No está hecho, pero ya sólo es cuestión de tiempo. La permanencia parece casi asegurada, sólo un cataclismo negaría el objetivo porque hasta el hipotético triple empate resulta negociable. El Meridiano eligió el mejor día para reconocerse en el espejo. Recuperó la templanza de los grandes días y el acierto necesario para mantenerse con vida. Asestó en Compostela un golpe definitivo que deja al Xacobeo haciendo equilibrios en la cuerda floja. Murcia ya ha caído y los gallegos tienen todas las papeletas para seguirles.
El plan funcionó desde el inicio. La defensa tapó las carencias que airearon los nervios y el tiro exterior, ya con la cabeza fría, fue abriendo brecha de forma constante y gradual. El 14-24 con el que se cerró el primer acto liberó de presión al Meridiano y anudó aún más el lazo que ya traía puesto el Xacobeo.
La interpretación del guión mantuvo un orden perfecto, estricto, sin los giros inesperados de otras visitas menos productivas. Costó darse cuenta de las facilidades que concedía Obradoiro en la pintura. Nada serio, todo bien corregido. Las rotaciones restaron prestancia ofensiva al Lucentum, pero no fe en el trabajo. El control del rebote permitía enmendar errores y aguantar con entereza el intercambio de golpes porque la cabeza se mantenía fría. Se cometían fallos (17 pérdidas de balón, muchas de ellas no forzadas), pero se subsanaban maniatando al adversario a base de contención y anticipación en las líneas de pase.
Con Massey en la grada, sólo Paul Davis, recién aterrizado y sin una idea clara de equipo, hacía daño. La grada intentaba animar pese a que la evidencia se empeñaba en negar la remontada. Quintana no tenía queja de los árbitros, porque no podía, y todo fluía con normalidad. En la cabeza del técnico cántabro estaba el tercer cuarto. La renta al descanso era de nueve tantos (36-45), insuficiente a tenor de lo poco que le cuesta al Meridiano encajar parciales perniciosos.
Pidió dureza, mental y física, consciente de que a su rival ya sólo le quedaba apelar a la épica. No se equivocó. El regreso a pista de los gallegos se centró en el golpeo para intentar descentrar. Serkan Erdogan recobró el instinto asesino. Sus triples sesgaban cualquier atisbo de ilusión compostelana. Katelynas seguía a lo suyo y donde no estaba él aparecía Andriuskevicius, unas veces, y otros Pape Sow.
Tiempo y forma
El fundamento colectivo lucentino se imponía a la guerra de guerrillas que proponían los hombres de Curro Segura. No hubo daños. La renta, lejos de menguar, se fue hasta los 13 a falta del último acto. Ni las tentativas de zona, ni los palos a destiempo y con mala baba, desviaron la atención de lo único importante: ganar.
Llegó el momento clave, el que reparte las sonrisas y las lágrimas. Dosis óptimas de paciencia en la circulación e ideas claras en medio de la selva. Todo a favor, ganándole la batalla al tiempo, ajenos al bullicio y al desánimo de una grada que siente impotente como se esfuma un logro que le costó casi tres décadas de pelea jurídica. Constancia, esfuerzo solidario, muchos minutos compartiendo pista Erdogan y Urtasun y, como no, defensa, la seña de identidad de un proyecto que se ha hecho a sí mismo a fuerza de desengaños superados en tiempo y forma. Siete puntos concedió el Meridiano en los últimos 10 minutos. La permanencia está tan cerca que casi se huele su perfume. Cambió la liturgia fuera de casa y las virtudes taparon todos los pecados.