Si hiciéramos una recopilación de todas las canciones que se han escrito en la historia, no me cabe duda de que nueve de cada diez hablan de amor. Esta muestra artística de lo más romántica es una clara evidencia de que este sentimiento es la mayor fuente de felicidad y desdicha para los mortales, algo que pone de manifiesto que esto del amor debe ser algo importante para el ser humano. Más allá de la relevancia meramente afectiva hay quien hasta llega a afirmar que es una auténtica necesidad vital y como tal, su privación o ausencia puede llegar a comprometer seriamente la supervivencia del individuo. Más o menos sobre esta hipótesis empezó a trabajar el psicólgo Harry Harlow a finales de la década de los 50 y principios de los 60 en su conocido experimento con crías de primates macacos rhesus. Más allá de la valoraciones éticas o morales sobre dichos experimentos, pasemos a valorar las conclusiones a las que se llegó en cuanto a la importancia del apego se refiere.
El experimento consistía en separar a las crías de primates de su madre biológica y sustituirla por dos 'mamás' artificiales: una de ellas consistía en una malla de metal que les proporcionaba alimento a través de una especie de biberón y otra de ellas consistente en un material textil parecido al pelo natural de la madre pero que no le proporcionaba alimento. Es decir, podían obtener comida pero no afecto o bien podían disfrutar de lo más parecido al calor materno sin ser alimentadas por ella. ¿Cuáles fueron los resultados? Las crías sólo se acercaban a la 'mamá' que les proporcionaba alimento únicamente cuando necesitaban saciar su hambre pero pasaban la mayor parte del tiempo abrazadas a la 'mamá' peluche. Si tenían miedo se acercaban a ésta última. Parece ser que es más necesario el afecto y el apego que la alimentación.
Es una necesidad desde que nacemos. Buscamos el calor y el cariño por encima de cualquier otra cosa pero parece que, a medida que crecemos, las prioridades cambian. Se nos educa en la cultura del éxito, del poder, del dinero, del valor de lo que somos por lo que tenemos y de la importancia de ser autónomos para no necesitar a nadie. No me extraña que la mayor fuente de desdicha sea la sensación de soledad, de no tener a nadie a quien contarle cómo nos a ido el día mientras lo abrazamos en el sofá, porque por muy evolucionados que estemos, en el fondo no somos muy diferentes a las crías del experimento.
Imaginen de dónde proviene la sensación de vacío de muchas personas que acaban en la consulta de un psicólogo: la falta de una pareja que les apoye emocionalmente a pesar de que cubra todas las necesidades restantes (¿no les suena esto a las 'mamás' de Harlow?); la vivencia de una infancia falta de afecto (pero compensada con muchos 'regalos'); amistades que llenan sus momentos de ocio pero que no están ahí cuando necesitan amigos 'peluches'. No es una noñería ni la antesala de la dependencia emocional, es una necesidad vital para todos nosotros.
Imaginen también cómo cambiaría el panorama actual si todos fuéramos conscientes y coherentes con esta necesidad, nos importaría más poder arañar unos minutos o unas horas a nuestra jornada laboral y a nuestras obligaciones diarias para poder acercarnos al abrigo de alguien que seguir trabajando sin pausa para poder obtener satisfacción a través de una seguridad económica. Creo que nos estamos equivocando. Como dice Eduard Punset, «han burocratizado tanto nuestra vida los que supuestamente están para protegerla que han eliminado las huellas del amor y del afecto cuando entramos o salimos del trabajo, del ascensor, de una calle a la que han removido las entrañas, de un aeropuerto o del AVE sin preguntar jamás a los peatones, taxistas o tenderos cómo les afecta la decisión de intervenir.
La gran mayoría de las personas se pasa la vida, efectivamente, buscando el reconocimiento y el amor del resto del mundo, mientras que una minoría se dedica a borrarlo de la faz de la Tierra. ¿Se imaginan cómo podría ser la vida si todos buscáramos lo mismo?». Imaginémoslo.