Yno lo digo yo. Lo decía Paracelso, famoso médico, alquimista y astrónomo suizo. Si nos pasamos, la fastidiamos y si nos quedamos cortos, no llegamos; de manera que, como suelo decir, la clave del éxito suele residir casi siempre en el equilibrio de las partes. Pero no vamos a hablar de química, más bien quiero presentarles lo más parecido a una receta para que ustedes valoren qué ingredientes se hacen necesarios para obtener un buen resultado final. Hablemos de sexo.
Si nos reuniéramos todos los sexólogos del mundo para establecer qué tipo de demandas son las más frecuentes en nuestras consultas, no tengo la menor duda que casi todos estaríamos de acuerdo en que una de las principales quejas que tenemos que oír es aquello de «lo hacemos muy poco» o «hemos dejado de hacerlo con tanta frecuencia». Inmediatamente después, nos suelen preguntar: «¿Cuál es la media?» o «¿cuánto es lo normal?». Suelo explicarles que si obtenemos una mediana aritmética de cinco entre dos personas, es porque una de ellas a puntúa cero y la otra diez,de manera que, más que la mediana, nos interesa trabajar bajo un criterio más cualitativo que cuantitativo. Es decir, en vez de establecer una marca de actividad sexual semanal o diaria, tenemos que ahondar en el criterio que se sigue en la pareja para poder mantener relaciones sexuales. Más allá de saber cual es la frecuencia existente, es preferible ver qué variables establecen una determinada frecuencia.
Los errores empiezan cuando uno de los miembros de la pareja, normalmente el que tiene más deseo, apremia a la otra parte para mantener relaciones sexuales, siguiendo unos criterios meramente cuantitativos «sólo lo hemos hecho una vez esta semana», «llevamos tres semanas sin hacerlo», etc. No es el único que comete algún error, pues la otra parte, la que tiene menos deseo, en ocasiones sucumbe a tal presión bajo el mismo punto de vista: «No me apetece pero es que cada vez lo hacemos menos».
Y aquí empiezan las dudas: si no apetece vale más no hacerlo pero si cada vez lo hacemos menos llegará un momento en que el sexo desaparecerá de nuestras vidas. Hay factores muy importantes, en cambio, que no entran dentro de la reflexión: no se preguntan por qué sólo uno de ellos toma la iniciativa, no atienden al tipo de explicaciones que ponen para no mantener relaciones sexuales de lunes a viernes, no caen en la última vez que salieron juntos a cenar o que alguno de los dos preparó una sorpresa, sólo hay una preocupación: se hace poco.
Hay quien dice que el sexo no se comporta como el resto de necesidades fisiológicas; es decir, que en el momento en que saciamos el deseo desaparace la necesidad. Más bien ocurre lo contrario: no se nos quitan las ganas de mantener relaciones sexuales en cuanto las mantenemos, sino que cierta frecuencia mantiene vivo nuestro deseo. El investigador canadiense Fischer lo describe de la siguiente manera: «Si una persona mantiene, por ejemplo dos coitos, por semana; cuando disminuye su frecuencia a una o menos, inmediatamente siente un aumento en el deseo sexual que lo insta a la intimidad. Pero si el individuo, por diversas razones, no reasume las relaciones sexuales por un largo periodo, entonces el deseo disminuye y puede llegar hasta desaparecer». Parece ser que si se deja de lado, el sexo se olvida y si se mantiene cierta frecuencia, se aviva. Ahora bien, siguiendo una ley fundamental: debe regularse la frecuencia de acuerdo con el que presenta menor deseo, de manera que no habrán tantas relaciones sexuales como mantendría quien más deso tiene, pero deberán existir con un mínimo para que la pareja mantenga el deseo. Soy de la opinión de que es mejor no mantener relaciones sexuales si no hay deseo que mantenerlas sin él ya que los costes son superiores. Como decía Stendhal «con las pasiones uno no se aburre jamás; sin ellas, se idiotiza». Encuentren el equilibrio.