Vender el Partenón, la Acrópolis entera o alguno de los manuscritos originales de la Iliada parece que no pasa de momento por la mente del Gobierno griego para aliviar sus apuradas cuentas públicas. Pero quizás algunos dirigentes helenos giren ya su vista al mar, hacia sus islas. De las 6.000 que posee Grecia desperdigadas por el Egeo y el Jónico, 5.700 están deshabitadas. Y los mandamases del país del queso feta tal vez se planteen la sugerencia que esta semana les han hecho dos parlamentarios alemanes: sacar a la venta los islotes sin más habitantes que la flora y la fauna locales y paliar con ello las abundantes deudas de la nación. Muchos analistas de prolífica aparición en tertulias mediáticas no tardaron en echarse las manos a la cabeza y en asegurar que la ley no lo permite. Se equivocan. Al menos el artículo 18.6 de la Constitución griega consiente «la disposición de las tierras abandonadas con vistas a su explotación en provecho de la economía nacional», un supuesto en el que podría incluirse la venta de islas.
Y tampoco sería la primera vez que ocurre.
Ya a mediados del siglo XIX (este mes se cumplen 143 años) Rusia vendió Alaska a los Estados Unidos como una ganga: a cambio de siete millones de dólares. Hoy, cerca de un millar de islas a lo largo y ancho del planeta están en venta o en alquiler. Basta teclear ese concepto en Google para que aparezcan decenas de páginas especializadas en la materia. Todos son terrenos paradisiacos, edenes en los que el motivo para perderse es lo de menos. Aunque, en todos los casos, para hacer algo más que soñar con ellos haya que tener una cartera al menos tan abultada como la de un jeque árabe, un actor de Hollywood o un deportista de fama mundial, personalidades que se convierten en Robinsones de oro a golpe de talonario.
Pero, como en cualquier sector comercial, también hay chollos. Eso sí, no olvide leer la letra pequeña siempre que no le sobren los ceros en su cuenta corriente. Private Islands Online, empresa canadiense entre las punteras del mundo en la venta de terrenos de ensueño, tiene en cartera más de 600 islas a la venta o en alquiler. De ellas, 17 en aguas griegas. Suena bien que por apenas 21.000 euros uno pueda tener su propiedad en medio de una selva tropical. Es el precio para una isla de menos de dos hectáreas enclavada en el lago Gatún, en Panamá, y plagada de monos, loros y tucanes. Exotismo a raudales. Ahora, la letra pequeña: tiene cobertura telefónica, pero ni red eléctrica, ni red de agua potable (más allá de la del lago) ni infraestructuras desarrolladas.
«El precio de salida de una isla se puede elevar a cifras astronómicas al tener que habilitarla para vivir, sobre todo si pensamos en infraestructuras y materiales de lujo. Los extras pueden superar el precio inicial». No es precisamente una profana en la materia la persona que hace esta afirmación. Theresa Bernabé y su inmobiliaria de Puerto Banús (Marbella) no cesan de acumular logros de fastuosidad. En el terreno continental ya ostentan el récord de tener a la venta, por 104 millones de euros, la mansión más cara de Europa: un palacio en Inglaterra, más grande que el de Buckingham y en el que sus cinco piscinas y adornos en oro de 24 quilates son las más 'humildes' de sus características. Bernabé también reina en el mercado del lujo entre océanos. En su escaparate está Vatu Vara (Fiji), llamada la isla del sombrero por su peculiar promontorio y la más cara del mundo con sus 55 millones de euros. Es la niña bonita entre los más de 300 islotes que la inmobiliaria marbellí tiene a la venta. «Por cuestiones de privacidad sólo exponemos en la web un pequeño abanico. Muchos famosos las compran. Hasta tenemos una isla en venta y otra en alquiler en España», apunta sin más pistas.
Personas jurídicas, la forma legal de denominar a las empresas, manejan el negocio de la compraventa de islas. No hay rastro de alguna que se ofrezca a subasta por parte de un estado. Muchos países lo prohíben. La 'isla-chollo' de Panamá, de hecho, nunca sería completamente nuestra. El Gobierno centroamericano únicamente permite una concesión por un máximo de 90 años. China también protege sus archipiélagos. Cualquier interesado en una isla del país asiático sólo puede aspirar a un alquiler de 50 años con posterior opción a compra. Algunas empresas aprovechan el vacío legal existente a menudo para intentar hacer negocio. Hace unos años, el Gobierno de Ecuador tuvo que cortar por lo sano al saber que una web ofrecía 396 hectáreas de islotes y playas. «Las islas son bienes del Estado y no se venden», atajó.
Las misteriosas propiedades ofertadas y no desveladas por Bernabé no son las únicas a la mano de 'cualquiera' en España. Menos de una hectárea ocupa el islote sobre el que se levanta el Castillo del Burguillo en El Barraco (Ávila), en alquiler por 2.800 euros a la semana. «No vienen famosos. Se suelen alojar grupos de amigos o parejas que buscan aislarse y disfrutar de los deportes acuáticos», explican en la familia Merino, dueña del lugar desde hace 30 años.
La isla de Bond
Si busca más exclusividad, lo suyo es el entorno de Ibiza. 100.000 euros a la semana y disfrutará de la isla del Tagomago, con cinco suites en una lujosa villa rodeada de aguas turquesas. O la volcánica isla del Barón, en pleno Mar Menor (Murcia), con una torre de vigilancia reconvertida en alojamiento con habitaciones circulares a cambio de 1.200 euros por persona y semana. Ambas forman parte de la cartera de la firma Vladi Private Islands, emplazada en Canadá, emporio del mercado de las islas de lujo. En este sector hay tentadoras ofertas hasta para los más fanáticos seguidores de Bond, James Bond. Lo de adinerados se sobreentiende. Otra vez Theresa Bernabé se encarga de tentarlos con una isla en Trinidad y Tobago, chalet de estilo indio y embarcadero incluidos, el íntimo escondite en el que Ian Fleming escribió muchas de las aventuras y flirteos del espía de los tres dígitos. Muchas más cifras tiene el precio de la propiedad: 2,3 millones de euros.
En la isla griega de Skorpios, donde está enterrado Aristóteles Onassis, el multimillonario debió agitarse en su tumba el año pasado. Entonces corrió la noticia de que su nieta Athina pretendía vender el islote, uno de los 46 que adquirió el magnate griego durante su desahogada existencia. La joven no tardó en desmentir la información. Por ahora, sus compatriotas también se abstienen de poner sus archipiélagos en venta. Grecia aguanta. De momento.