El 22 de marzo de 2008, el veterano agente Fabián Torres salvó milagrosamente la vida después de recibir un balazo a la altura del corazón. Trataba de identificar a dos sombras que pululaban por El Molino, un restaurante abandonado, punto habitual del trapicheo de heroína en Benidorm.
Ayer, ya jubilado por una invalidez permanente, tuvo que rememorar ese incidente porque la Audiencia comenzó el juicio contra el presunto autor de los disparos, Juan Miguel L.F., y su supuesto cómplice, José R.F.
Ambos fueron detenidos después de que la prueba de parafina revelara que esa madrugada tenían restos de pólvora en las manos. Pero los acusados, que se enfrentan a 16 años y medio y a tres años de prisión por asesinato frustrado y encubrimiento, respectivamente, niegan su implicación en los hechos.
El primero enarboló una excusa de lo más extravagante para justificar la existencia de restos de disparos. Ese día, antes de comer, hizo una especie de experimento porque iba «emporrado» y quería «ver una explosión», relató.
Así, según su versión, introdujo una bala en un tubo de acero y la detonó contra el suelo. «¿Y no se lavó las manos en todo el día?», preguntó la fiscal. «No; no teníamos agua», contestó el sospechoso.
Tras asegurar sin rubor que de vez en cuando se encuentra balas por ahí tiradas, sostuvo que contó lo del experimento a los agentes que le identificaron. Pero todos ellos lo negaron unos minutos después.
Por su parte, José R.F. , alias Custodio, otro delincuente habitual, declaró que llegó a El Molino cuando los policías ya estaban registrándolo. A la hora del tiroteo «yo estaba durmiendo porque me había fumado un chino y comido dos pastillas», precisó. Y alegó que podía tener pólvora porque el otro acusado le chocó la mano antes de ser trasladados a comisaría.
Por su parte, el agente Torres, relató que apenas le dio tiempo de ver un fogonazo, pedir refuerzos por radio y caer abatido por un disparo. Al término de la primera sesión del juicio atendió a este periódico. «Fue un milagro. El médico del Samu pensaba que no llegábamos al hospital porque la herida estaba a la altura del corazón».
La bala rebotó en una costilla, que se astilló y se clavó en el pulmón, pero salió por otro costado. «Fue un milagro», admite el policía. ¿Y ha vuelto a pisar El Molino, aunque el edificio fue derribado tras aquello? «No. Trato de alejarme de esa zona», responde el agente 48.173, un número profesional que milagrosamente no desapareció después de aquel 22 de marzo.