hasta que de amor me muera. Así reza la famosa canción española y así se pronuncian millones de personas alrededor del mundo, presas de una encantadora 'enfermedad': el amor. Siempre he dicho que en cuestiones de amor no sale ganando quien quiere más, sino quien quiere mejor. La desmesura es, en muchas ocasiones, más fuente de problemas que de felicidad.
Son muchas las parejas que acaban en mi consulta porque paradójicamente, el amor les ha causado graves heridas. El amor malentendido, exagerado y llevado hasta el extremo de no poder concebir la vida entera sino es al lado de alguien les conduce a una situación emocionalmente inestable (argumento atractivo para la lírica, el cine o la poesía, pero devastador para la relación). Uno de los dos, o incluso ambos, acaban sufriendo por necesitarse más que por quererse. Son muchas las causas que podrían llegar a explicar la dependencia emocional: necesidad de afecto, necesidad de aprobación, inseguridad personal, temor a la soledad, creencias arraigadas respecto a lo que debe ser el amor, etc. pero siempre hay una explicación común en todo dependiente: el amor hace daño. Y no debería ser así.
La dependencia emocional se define como la necesidad emocional que un individuo siente en sus relaciones interpersonales, producto de un patrón de necesidades afectivas insatisfechas en su historia psicoevolutiva. De manera que quien no obtuvo afecto, lo busca desesperadamente.
Algunos autores han llegado a definir las etapas por las que rota incesantemente un dependiente emocional: una primera etapa de euforia, fruto del enamoramiento y del encuentro de alguien con quien estar, una segunda fase de subordinación a la persona idealizada en búsqueda de su afecto y aprobación, una tercera etapa de deterioro como consecuencia de la dinámica afectiva establecida, una cuarta etapa donde se produce la ruptura, traumática en la mayoría de ocasiones, una quinta etapa de transición donde el dependiente, ante la imposibilidad de poder tolerar la soledad inicia una nueva búsqueda de relación, una sexta etapa de recomienzo que activa de nuevo la fase de euforia y así sucesivamente. Algo así como un juego de la oca, donde los dados del dependiente le condenan a «tirar porque le toca» una y otra vez.
Uno de los peores errores que se cometen durante las primeras etapas de nuestra vida es la educación en la sumisión y el servilismo. No son pocos los que instruyen en la idea de que el sometimiento a los demás nos garantiza su aprobación. Se nos enseña a satisfacer las necesidades ajenas como estrategia de protección y seguridad. Eso a la larga, nos convierte en dependientes.
Es así como la persona intenta por todos los medios ser aprobada y aceptada por los demás sufriendo un gran temor al rechazo y evitando a toda costa cualquier actitud o conducta que implique la no aceptación del otro, renunciando si es necesario a sus propias necesidades a fin de satisfacer las ajenas. Se antepone la otra persona antes que uno mismo y, en vez de trabajar para ganar seguridad personal y reforzar la propia autoestima, busca el refuerzo externo para poderla construir. En definitiva, una esclavitud emocional al servicio de los demás y en detrimento de uno mismo.
La pareja que sufre en sus propias carnes el mal de la dependencia acude a consulta porque su vida ha quedado reducida al vivir por y para el otro, olvidando el resto del mundo o bien acude sólo uno, cuando ya se ha producido la ruptura, porque su inseguridad personal le lleva a vivir dramáticamente la situación, originando trastornos agudos de ansiedad y depresión. Cuando alguien decide por fin abandonar la relación, el dependiente se sume en un estado de tristeza y desesperación porque es incapaz de concebir su vida en solitario. La persona, lejos de darse una oportunidad para fortalecerse, se refugia en la idea de buscar de nuevo otra relación que le haga sentir mejor, iniciando así una espiral inacabable de relaciones dependientes, con una historia continua de rupturas sentimentales. En el fondo se esconde siempre un gran miedo: terror a la soledad, a no poder enfrentarse a uno mismo. No se ocurre mejor resumen que la famosa cita de la Madre Teresa de Calcuta cuando afirmaba ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal. Hermosas y peligrosas palabras, ¿no les parece?