Quien más quien menos dedica una parte de su tiempo a cuidar la fachada. Nos levantamos por la mañana, nos aseamos, miramos a nuestro armario en busca de la indumentaria del día, perfilamos ese pequeño detalle en el espejo del ascensor antes de salir a la calle y, de vez en cuando, chequeamos nuestro aspecto reflejado en el escaparate de las tiendas. Sabemos que la imagen que damos de nosotros mismos empieza siempre por nuestra apariencia física, tanto es así, que existe una industria muy rentable focalizada en la venta de productos que nos ayudan a 'sentirnos' mejor con nosotros mismos. Lo curioso es que, como siempre, la fachada sólo representa una parte total del producto y no siempre es la más importante. Sin embargo, es mucho más fácil aplicarse un antiojeras o engominarse el pelo, que revisar los cimientos. Se puede decir que en general nos gustamos, la pregunta clave es si en realidad nos queremos.
Podemos averiguar el amor que nos tenemos evaluando nuestra autoestima. Ésta se define como la valoración que tenemos de nosotros mismos. Si se goza de una buena valoración, se actúa desde la seguridad; en caso contrario, la persona se siente insegura y amenazada por casi todo cuanto le rodea.
Lo que pensamos sobre nosotros mismos acerca de nuestros potenciales y debilidades están en la base de dicha valoración, de ahí que en los casos en que la autoestima es baja exista una estrecha relación entre el juicio negativo que uno tiene de sí mismo y la distorsión de ciertos pensamientos (entendiendo por distorsión cognitiva una forma inadecuada de pensar). Quien cree que no vale para nada, distorsiona la realidad y, al mismo tiempo, mantiene una exigencia altísima sobre lo que debería ser capaz de ser o lograr.
El primer paso para poder pronunciar el famoso «porque yo lo valgo» consiste en dejar de pensar de manera negativa y considerar que cada uno de los errores cometidos siempre constituyen la base del aprendizaje. Lo malo es que se nos educa para hacerlo todo bien y se nos instruye en la evitación del sufrimiento; de manera que cuando las cosas vienen mal, en vez de reflexionar y aprender de los errores cometidos, nos sumimos en la desesperación y tendemos a infravalorarnos o incluso despreciarnos. También es cierto que no todo está a nuestro alcance, de manera que hay cosas que se podrán cambiar y otras no.
Nos cohibimos a la hora de expresar nuestras emociones y nuestras opiniones por miedo a lo que puedan pensar los demás, aumentando la sensación de inseguridad personal. Un buen refuerzo para la autoestima es ejercer el derecho de expresarse a pesar de que lo que pensamos o sentimos difiere de lo que piensan y sienten los demás. El objetivo no es la perfección, el objetivo es conseguir lo que realmente deseamos.
Hay tres pasos claves para llegar a una buena valoración personal: la confianza en uno mismo, caracterizada por la conciencia de los puntos fuertes y débiles, sintiéndonos cómodos en cada uno de ellos. Debemos comprender que valemos para unas cosas y que no somos tan buenas para otras. El segundo punto clave es la autoevaluación realista, asumiendo riesgos calculados y no aceptando retos imposibles; se actuá desde el nivel de los propios potenciales, ni por debajo, ni por encima. En tercer lugar, nos hace falta un sentido del humor autocrítico que favorezca la honestidad con uno mismo y con los demás, siempre desde una actitud positiva.
Es más fácil ponerse el rimmel, lo sé, pero es mucho más provechoso para uno mismo identificar qué aspectos mejorar y trabajar en esa línea. Si quieren ser más 'guapos' y 'guapas', sean realistas y sinceros con ustedes mismos porque como decía el poeta inglés John Keats «la belleza es verdad; la verdad, belleza». Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber. Que ustedes lo valen.