Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

Edición Impresa

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Mucha gente ha dejado de confiar en la medicina oficial. Las experiencias individuales desafortunadas se acumulan y difunden por la aldea global, popularizándose cierta actitud medrosa ante un error en el diagnóstico, una intervención quirúrgica innecesaria, o las secuelas de un tratamiento. A este escenario de recelo ha contribuido una praxis médica crecientemente despersonalizada, el exceso de especialización con una merma del conocimiento holístico sobre el cuerpo humano, la masificación en la asistencia, la desmotivación de los profesionales y una cultura de intolerancia a cualquier tipo de incomodidad física.
Sufriendo la tiranía de lo que se ha venido a llamar economía de mercado, tengo pocas dudas de que la enfermedad es un negocio superior al de la especulación inmobiliaria. Muchas patologías no se curan sencillamente porque la mayor parte de la investigación está organizada en torno a la producción de patentes y fármacos. La investigación biomédica libre es más la excepción que la regla; tanto que, si alguien descubre algún remedio barato para un cáncer, me pregunto si no sería inmediatamente sepultado por los abogados de la FDA (Federal Drug Administration, o sea el sanedrín que decide lo que es y no es una 'medicina').
Nos han engañado. Se nos ha dicho que necesitamos medicinas para estar sanos, cuando muchas alteraciones se curan solas con ayuno, agua, movimiento y afecto. Nos han dicho que nuestros antepasados se morían antes y vivían bajo la amenaza de enfermedades parasitarias que hoy se curan. Sin embargo, no nos han dicho, que mientras estaban vivos, gozaban de mejor salud que nosotros. Hoy día, ingresamos en el shopping center de la enfermedad nada más nacer y es raro el bebé que no está medicalizado. Lenta, pero inexorablemente (las dosis son muy bajas), durante la vida vamos acumulando mercurio de los empastes de muelas, aluminio de los desodorantes y excipientes de las vacunas, arsénico y cadmio del pescado, restos de hormonas y antibióticos de la carne, ftalatos de los productos envasados en plástico, plaguicidas de las frutas y verduras, radiación electromagnética del sinfín de aparatos electrónicos. Pero probablemente la agresión más brutal la recibimos de los medicamentos. Nuestro organismo no ha sido diseñado por la evolución para soportar el estrés celular de cientos de combinaciones químicas que resultan extrañas al sistema inmune. A largo plazo, el metabolismo y el sistema endocrino se alteran, con la consiguiente disfunción inmunológica y la aparición de enfermedades crónicas, muchas de ellas mortales. Me pregunto si es realmente necesario seguir produciendo seres humanos enfermos para sostener lo que los políticos gustan de llamar una 'economía saludable'.
Dicho ésto, algunos encuentran predicciones demasiado sombrías al comprobar que vivimos acelerados e intoxicados («soy lo que comí y estoy aterrorizado»: Bill Cosby). Y ahí es donde quiero llegar. Porque el miedo es un mal compañero de aventuras. Desconfiando de la ciencia oficial, no es difícil arrojarse en los brazos de quienes han entrado en el mercado tejiendo soluciones maravillosas para nuestro bienestar. No tengo nada contra algunas 'medicinas alternativas' y de hecho, soy usuario habitual. Sin embargo, me molesta que pretendan venderme Salud y Luz en el mismo lote, a veces con relatos asombrosos de sanación. Está bien que a uno le digan que es responsable de su salud, mientras no le oculten que hay condicionamientos genéticos y contingencias ambientales sobre las que no se puede hacer nada. No me parece éticamente aceptable difundir en libros de autoayuda la noción de que uno puede estar muriéndose porque haya tendido a culpabilizarse o porque tenga un temperamento sanguíneo o no haya vivido con espiritualidad. Algunas corrientes son particularmente prolíficas en vincular estrés con inmunidad y cáncer. Pero yo todavía no he leído un estudio científicamente convincente que demuestre una conexión prospectiva entre una historia clínica de estrés y una mayor incidencia de cáncer. Resulta deshonroso que haya gente que haga negocio alimentando esta idea («Ten cuidado al leer los libros de salud; podrías morir de un error de imprenta»: Mark Twain).
Personalmente no deseo para mí ninguna medicina con pretensiones de dogma. Tampoco creo que sea bueno para el hígado ejercitar la cólera contra el sistema público de salud. Los profesionales sanitarios hacen, sencillamente, lo que pueden. Yo abogo por el sentido común: moverse, dormir, no comer solo, reducir la ingesta de fármacos a los casos estrictamente necesarios, consumir productos alimenticios más directamente de los productores, pocos alimentos procesados, nada con ingredientes que no podamos reconocer en la etiqueta, nada que pretenda ser un alimento nuevo o funcional, nada con un envase muy sofisticado. Propugnaría también por una filosofía asentada sobre el convencimiento de que en la vida no se puede pretender que las cosas sucedan como uno quiere. La experiencia me dice que es más sencillo confiar en que, pase lo que pase, uno salga bien parado. Decía Gao Feng: «El mundo entero es una chimenea. ¿Con qué estado de ánimo puede uno evitar quemarse?»

Vocento
SarenetRSS