Otro año más nos presentamos ante el día del Patrón y los periodistas acumulamos, quizás como nunca, un sinfín de interrogantes sobre la profesión elegida, que lo fue en su día, y entre otras cosas buenas, por el espíritu de servicio a la sociedad que conlleva, con sus buenas dotes de nobleza y afabilidad. San Francisco de Sales hablaba de esta última virtud en su conocido libro Introducción a la vida devota nada menos que como el entramado de la convivencia aunque no cause por sí misma una gran admiración; en cambio -decía- cuando falta se echa mucho de menos, se vuelven tensas las relaciones entre los hombres y se falta frecuentemente a la caridad. Recordemos que lo afable es lo agradable, dulce y suave en la conversación y en el trato. Pero aún es más, según un diccionario antiguo que he podido consultar: es lo que se puede decir o expresar con palabras. Yo no sé hasta qué punto pensaba en esto último el que lo proclamó patrón de los periodistas, o era solamente porque sus sermones los escribía a mano y los repartía por las casas, como ya hemos contado aquí alguna vez; pero le viene al pelo. Él decía que la citada afabilidad y las otras virtudes con las que se relaciona hacen amable la vida cotidiana de la familia, el trabajo y la vecindad; todo lo contrario del desorden, la falta de educación y el desinterés por las preocupaciones de los demás. Me ha parecido que estas palabras, resumidas, son actuales y hablan por sí mismas de las desviaciones que se han introducido en la profesión.
Hoy, las empresas periodísticas, tomando como referencia la diversidad de medios existentes (que son buenos para la libertad de expresión, la rapidez y el derecho que asiste a los usuarios) se enfrentan a una crisis que, además de formar parte de la ya instalada en la sociedad con la amenaza de los puestos de trabajo y la bajada de ventas a pesar de las muchas promociones, viene desde atrás ganando progresivamente en precariedad (bajos sueldos y pocos recursos y utensilios), en el intrusismo y en la banalización de contenidos que menoscaban a veces la dignidad profesional. Vas a una redacción y no se parece en nada a aquellas salas saturadas de personas y separadas por mamparas en las que existían tantos papeles en las mesas que no había espacio para el consabido café de la tragaperras con sabor a cartón, y los teléfonos y los teletipos echaban fuego a cualquier hora del día y de la noche. Hoy no, cada uno es el editor de sus páginas informatizadas en las que a veces se nota el vacío del dato que tenía su sitio pero no llegó a tiempo. El último Informe Anual de las Asociaciones de la Prensa en España, que estará calcado de lo que pasa en los demás países, pone el dedo en las muchas llagas que ya hay en producciones y contenidos de la televisión, la prensa escrita, la radio e internet, por orden de uso y credibilidad, según edades.
Los medios también están inquietos porque tienen que dar cabida en sus cuentas de resultados a lo que los nuevos usuarios les demandan, incluidos los blogs y los chats, sin perder de vista el entretenimiento y la evasión vigilada, pero centrándose siempre en lo que a veces da la impresión de haberse perdido. Ángel Expósito dice, más o menos, que estamos obligados a ser mejores periodistas, es decir, volver a lo que nunca debimos abandonar: la noticia, eso sí, contrastada como es debido, dicho esto porque no en vano nos advierte el catedrático Martínez Albertos de que hoy el rumor se convierte pronto en noticia por no ser suficientemente analizada. Eduardo San Martín, director de Periodistas, quiere ser más optimista apostando por la transformación en este cambio de civilización en la producción y transmisión de la cultura y de la información, a base de exigirnos mayor especialización y deontología. Sin quererlo, esto ha quedado como reivindicación de un oficio viejo y nuevo, y desde luego tan noble, tan servicial y tan afable, que nos explica, con sensibilidad y a veces con mucho riesgo, todo lo que pasa en el mundo casi al minuto de suceder. Y es, por tanto, tan imprescindible.