Martes, 1 de mayo de 2007
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OPINIÓN

EDICIÓN IMPRESA

LA VENTANA XIM
El Partido Demócrata
Maragall ha vuelto, y tiemblan las cuadernas de la política catalana: el defenestrado president es imprevisible, y, de hecho, ya ha desencadenado algunos terremotos en cuanto ha puesto pie en su nuevo despacho «digno pero no excesivo» en un edificio noucentista de la Diagonal de Barcelona. Llegó silenciosamente, pero no sin hacerse anunciar: un periódico italiano Europa y la revista catalana de historia L'avenç le precedieron. El ex presidente socialista dijo en Europa que Zapatero le habían traicionado y que «en la perspectiva de hoy todo el esfuerzo de la reforma no ha valido la pena». En L'Avenç ha matizado: «Tengo la impresión de que el planteamiento inicial se ha perdido y que el objetivo ambicioso que nos habíamos planteado aquí y allá peligra. Un paso atrás muy evidente». La prensa catalana destacaba en su información que la contrariedad de Maragall en torno al Estatuto de Autonomía coincide con la de Jordi Pujol, quien dijo después de todo el proceso que «Catalunya se ha mirado al espejo y no se ha gustado». Asimismo, el abad de Montserrat declaraba la víspera de la mencionada información que «todos hemos salido perdiendo en el debate sobre el Estatut». Nos toca, pues, tiempo de depresión, de introspección, de decadencia. No será Montilla, un hombre genuinamente triste, quien nos saque del pozo.

Sea como sea, lo más relevante del retorno de Maragall para quienes vemos el panorama desde cierta altura ha sido su propuesta de un nuevo partido, puramente teórica, casi utópica, pero interesante: Maragall, aunque delirante en muchas ocasiones, ha sido una de las escasas personalidades de la política española en las últimas décadas que han traído novedad y oxígeno a este país.

En definitiva, Maragall, que viene de Italia, está embelesado con la idea del Partido Demócrata. Se la explicaba el domingo a Jordi Barbeta: «hace falta un tipo diferente de partido, porque cuando cambias la dimensión cambias la esencia de las cosas». El Partido Demócrata Europeo, concebido a imagen y semejanza del Partido Demócrata estadounidense resultaría sugerente porque «la relación de dependencia y de obediencia con su propio partido es muy diferente». Maragall lo explica con sutileza pedagógica: «¿Quién elige a los candidatos en Estados Unidos? La gente. ¿Se hacen listas cerradas? No. En cambio, aquí el aparato del partido decide que el número 1 es fulano y el número 2, mengano y si tú te portas bien, irás en el número 3, y tú, ojo con lo que dices o verás. Es un sistema cerrado y burocrático. Los demócratas norteamericanos pueden elegir entre el candidato Obama y la candidata Clinton. La relación entre representantes políticos y ciudadanos no es tan indirecta, hay más libertad».

El experimento está en camino: la idea ha cuajado en Italia. Romano Prodi y Francesco Rutello la han puesto en marcha y han invitado a Maragall desde el primer día, afirma el exegeta del ex presidente que rubrica la entrevista: «Yo fui sin saber exactamente dónde me metía -explica Maragall- y quedé fascinado . El primer día estaban también François Bayrou y José Jon Imaz, es el centroizquierda agrupado, una idea ganadora de los italianos». Con ese nuevo partido ha mantenido también relación -explica Barbeta- Josep Antoni Duran Lleida («a diferencia de Imaz no he visto nunca a Duran», puntualiza, sin embargo, Maragall). De hecho, añade el entrevistador, UDC, el partido de los democristianos catalanes, y el PNV buscan refugio en Italia cansados de la Internacional Democristiana cuando fue monopolizada por el PPE con Aznar como líder de referencia.

De momento, la fundación del Partido Demócrata Italiano como convergencia de El Olivo y La Margarita, es decir, de socialistas, democristianos y poscomunistas, ha causado sensación en Europa. «Ente los invitados -explica Maragall- había más de cuarenta partidos de todo el mundo». Y el ex president tuvo una inspiración: «Vi un fenómeno impresionante que abría el camino acertado».

La idea es todavía remota, inconsistente, vaporosa, pero no debe desdeñarse de antemano. En nuestro país, existen concomitancias (y disidencias) todavía no estructuradas entre las corrientes socialista -en realidad, hay más de una sensibilidad en el seno del PSOE-, poscomunista, radical de izquierdas (ecologistas, etc.), nacionalista democristiana, etc. Y quizá fuera conveniente replantear el arco ideológico a partir de una cabal regeneración democrática como la que ha embelesado a Maragall. A fin de cuentas, andamos en ello desde la propia Transición.

 
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