Con la Plaça de Baix abarrotada tuvo lugar ayer el tradicional Encuentro de la Paz entre el Santísimo Cristo de la Fe y María Santísima de la Esperanza. Era uno de los momentos álgidos de la Semana Santa ilicitana, como lo demostró el hecho de que no cabía un alfiler para seguir la llegada de la imagen del Cristo, y sobre todo la entrada de la Virgen a los sones de la música como suele ser habitual.
La emoción embargó a los presentes. Más de uno dejó escapar alguna lágrima cuando María Santísima de la Esperanza se inclinaba a los pies del Cristo de la Fe, a los sones del himno nacional, demostrando el esfuerzo de los costaleros de ambas hermandades. El público tributó una atronadora ovación.
Durante la jornada del jueves santo los ilicitanos pudieron contemplar los nuevos tronos de varias cofradías. La de la Santísima Sangre de Cristo, la primera en salir en la tarde de ayer desde San Antón, presentó en sociedad su trono construido en los talleres de Domingo García Chahuan, de Albatera.
Los costaleros ubicados debajo del trono, cargaron el peso a dos hombros, porque «es la cofradía que realiza el traslado más largo», según miembros de la misma.
Acompañó al Cristo la propia banda de cornetas y tambores de la Santísima Sangre de Cristo. La formación está dirigida por Ramón López. Una característica de esta banda es que «es la única de la ciudad que incorpora músicos de corta edad, a partir de ocho años, lo que le da un carisma especial, sin por ello renunciar a la calidad de las interpretaciones», afirmaron.
La cofradía de la Oración en el Huerto fue la segunda en salir y también mostró su trono restaurado y pintado, mientras que la hermandad de María Santísima de la Caridad lució sus broches nuevos para los faldones y la cruz de guía restaurada.
Otra sorpresa fue el nuevo trono de la cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia, conocida como El Silencio, confeccionado en talleres sevillanos. La canastilla tiene motivos ilicitanos. En la parte delantera está representada la fachada barroca de la puerta principal de la Basílica de Santa María. Se aprecian los tres órdenes de columnas -salomónica, torsa y estriada-, que soportan el entablamento que sirve de soporte a las imágenes en plata de los apóstoles San Pedro y San Pablo. También está reproducida la hornacina con la imagen de la Virgen de la Asunción.
El retablo mayor del presbiterio de la basílica está reproducido en la parte trasera. La imagen de la Patrona está realizada en plata, con su manto y la corona La Santísima Trinidad y el pabellón, rematan el conjunto del retablo de Santa María.
Como siempre, el traslado procesional de la Virgen de los Dolores, la Mare de Deu dels Bombes, en la noche del miércoles santo, constituyó esa ineludible cita para los creyentes ilicitanos, aunque con el transcurrir de los años se convierte más en una lucida y esplendorosa procesión, tanto por el precioso trono como por los otros muchos detalles que se le van añadiendo, y en cambio pierde presencia de fieles, llevando cera encendida en las dos largas filas, por cuanto anduvieron por las cuatrocientas personas, cuando años atrás eran el doble.
Encabezando el cortejo, la tripleta de la Trencá del Guió, José Manuel Sabuco, Cristina Sax y María José Torres, que han venido participando en diversas procesiones, pero que aquí ya lo hicieron de forma oficial, tanto en la vestimenta como portando la negra bandera. Como siempre, contó con la escolta de la Policía Local, cuyos jefes presidían, junto a un buen número de concejales tanto del PSOE como del PP. Los dos estandartes, el antiguo y el moderno, niños con vestas, damas, miembros de la junta directiva, y cerrando la Banda de Música Ciudad de Elche.
A la antigua usanza
Los Estudiantes fueron madrugadores a la hora de llegar a la cita en la Plaça de Baix, haciéndolo con diez minutos de adelanto, y comenzaron a entrar en la plaza cuando todavía permanecía en ella la cola del cortejo que acommpañaba a la Virgen de los Dolores. Como siempre, el trono era llevado a la antigua usanza, es decir con el repique de las varas sobre el suelo. El adelanto, fue aprovechado para permanecer más tiempo en la plaza, permitiendo que el coro del Ceu, cantase tres motetes. Detrás del paso, iba un buen contingente, formando un grupo, de gente llevando cera encendida.
El trono del Rescatado, como es costumbre, iba escoltado por miembros de la Escuela de Paracaidistas de Alcantarilla, cuyo teniente coronel, Giménez García, junto con un teniente y un sargento, figuraban en la presidencia. Profusión de tambores, intercalados entre el cortejo, y delante del trono, y un numeroso grupo de fieles, detrás cumpliendo promesas, como suele ocurrir cada año, al tratarse de un Cristo de mucha devoción.
Y otro tanto, pero considerablemente superior en número, varios centenares de personas, en la procesión del Nazareno, todo un fenómeno que se mantiene a través de los años y las épocas. Procesión que encabezaba la banda de cornetas y tambores propia, a la que seguía la felizmente recuperada centuria romana, con los signos de la Pasión y Muerte de Cristo, un considerable número de capirotes, aunque menos que antaño, que seguían a La Caída en cantidad, hasta que irrumpió la faceta de las cruces, que se ha ido reafirmando en los años, cifradas unas cuatrocientas personas, que hacen acto de penitencia portando las grandes cruces.
Y detrás, ese auténtico mogollón de gente, cumpliendo promesas, muchos de ellos con los pies descalzos, y con centenares de creyentes que se suelen sumar cada año a la ya de por sí numerosa participación de cofrades, y portadores de cruces.
Como cierre de las procesiones del miércoles santo, la de Nuestra Señora de la Merced y Ntro. Padre Jesús de Pasión, que tras recorrer las estrechas calles del Raval, con una procesión de auténtico impacto, llegan a la Plaça de Baix, pero antes, con parada ante Los Extremeños, para que le sean cantadas las tradicionales saetas.
Allí, desde los balcones del establecimiento, en la calle Carmen, Francisco García Manrique, Cipriano Pérez y Francisco Bonillas, le cantaron a La Merced, cuyos costaleros levantaron el paso en recuerdo de la madre de los propietarios, Micaela Gamero, recientemente fallecida, como dejaba constancia el crespón que lucía la bandera española, junto con otro por la memoria de Francisco Castaño. Un bonito gesto, y consiguiente emoción para los familiares que lo recibieron.