Las procesiones alicantinas del Lunes Santo lograron congregar, al igual que la de La Burreta, a un gran número de pequeños que, acompañados por sus padres, observaban embobados los pasos.
La costumbre de que los nazarenos ofrezcan caramelos a los niños, no exenta de polémica, hace que los chavales se interesen bien pronto por los desfiles procesionales, que llaman su atención poderosamente.
«¿Pero no tiene ruedas, mamá?» y «¿Qué fuertes tienen que ser!» eran frases que se escapaban ayer de sus bocas al ver a los costaleros subir o bajar escaleras portando los grandes tronos.
Varios grupos de adolescentes observaban también las procesiones y corrían por las calles para cambiar la perspectiva.
Por devoción o por vistosidad, lo cierto es que la Semana Santa alicantina logra congregar a un público de todas las edades, lo que le asegura continuidad.