Orihuela estrena vida. El día nace eternamente. Calles, plazas y balcones adornados de cobertores preparados para que el Domingo de Ramos tenga la luz de estrenar colores. Empieza la metáfora de la vida del hombre que es la Semana Santa, un sueño de peinas y mantillas, de armados y nazarenos, caramelos, arte y religiosidad y sentimiento.
Llegados los primeros rayos de sol, el revuelo de las campanas, el aroma del azahar, hacen que se sienta distinto en la mañana de Domingo de Ramos. Cientos de palmas infantiles, entre una chiquillería alegre que un día toma el relevo de nuestra Semana Mayor.
No hay niño que no acuse la ilusión de desfilar entre palmas, sonriendo con su carita buena en estos albores de la Pasión. Niños que dan Gloria a Dios en las alturas de la Catedral y la Iglesia de Santas Justa y Rufina. Están todos los niños de todas las vidas, los que fuimos jugando en nuestras calles, esperando pedir el primer caramelo al primer nazareno y enorgullecernos de ver a nuestra madre vestida de mantilla. A partir de ese primer nazareno todo será tan fugaz como una vida. Si la Semana Santa está recién nacida por la mañana; por la noche es una niña que empieza a gallear y que espera a la mujer oriolana para ir a rendir homenaje a su Virgen. Orihuela es Mariana porque Ella lo quiso.
La ciudad estrena el aire y la convicción del amor eterno a su Semana Santa. A primera hora de la tarde se va poblando de gentes para presenciar las procesiones. A las seis, el cornetín de la Centuria Romana ya había ordenado el inicio del pasacalles al son del Turuta. Bandas de música, clarines, cornetas y tambores, y la plana mayor de la Mayordomía arropando al portaguión se dirigieron a Santiago para la Procesión de la Mayordomía de la Virgen de los Dolores, Las Mantillas, el mayor exponente de la elegancia y belleza de la mujer oriolana. Adornadas con traje negro, mantilla y peina. Muchas nerviosas, azaradas, girando en torno a la ilusión de hacer realidad los sueños que han ansiado, y otras para dejar patente su oriolanía y un sentimiento que le viene desde sus ancestros.
Se desveló el mimo y el cuidado de las flores. Los cirios guardados entre algodones. Y entonces, qué alegría y qué gozo se extiende por los rincones de Oleza. Dolorosa, arraigo y fervor, esperanza y perdón. El manto negro de la noche se ha ceñido sobre la angostura de la calle Santiago y parece, en su quietud, que fuese eterna. Se elevaron miradas al rostro de la Virgen antes de iniciar lentamente su entrada en el Santuario de Monserrate, mientras las lágrimas y el suspiro de la mujer se pierden por el cielo majestuoso de un Domingo de Ramos, en Orihuela.