Evidentemente no, pero que uno de los hombres que más tiempo y amor ha dedicado al mundo del juguete en general nos haya dejado en plenas fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes es absolutamente injusto a no ser que haya sido el último gesto de desprendimiento y entrega y se haya ido con las manos llenas de buenas obras cuando ya los almacenes de Papá Noel se habían vaciado y los de los Reyes Magos están a reventar esperando la noche del 5 de enero para el reparto definitivo.
No creo que a él ni a su familia les moleste que diga que Salvador Miró no tenía preferencias entre Papá Noel y los Reyes Magos desde un punto de vista industrial y a la vista de la evolución de las costumbres en un mundo globalizado que él calibraba muy bien para comercializar los juguetes. Pero afectivamente estaba con los Reyes Magos, que por algo tienen un monumento en su ciudad.
Podía disfrazarse de Papá Noel para el mundo, pero se sentía rey y mago para su pueblo, del que fue alcalde (el primero de la democracia), algo que siempre consideró un acto de servicio y nunca un cargo para el relumbrón o el boato. Su hijo Fernando, en un hermoso artículo, dice, entre otras muchas cosas hermosas, que «Ibi fue la razón y el sentido fundamental de la vida de mi padre, enraizado en su tradición» y que «la conciencia de su responsabilidad pública era un rasgo esencial de su personalidad».
Pocos personajes de la Comunitat Valenciana habrán ostentado tantos cargos como Salvador Miró, pero menos son de los que pueda decirse que se dejaron la piel y la salud en el desempeño de los mismos, desde su juventud hasta su muerte a los 63 años.
De él sí puede decirse que ha muerto con las botas puestas, que es morir con honor en la batalla por un pueblo mejor, por una Comunitat Valenciana mejor, por un país mejor, por un mundo mejor.
De él da gusto poder decir que fue a los cargos para servir a los demás, no para servirse de ellos. A este hombre que hizo un trabajo monumental Ibi tendrá que levantarle un monumento.