El Ayuntamiento de Crevillent, a través de la Concejalía de Asuntos Sociales, en manos de Juana Guirao, lleva varios años colaborando en un proyecto con el Hogar de Mutilados situado cerca de Rabuni, capital administrativa de los campamentos de refugiados.
«Ellos son los más olvidados entre los olvidados», dice Guirao, que cada año viaja con un grupo de crevillentinos, pertenecientes a la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de la localidad, para hacer la vida más fácil a estos enfermos. «Son los que más han dado por su pueblo y los que menos tenían», añade.
Hasta que ellos se preocuparon por mejorar su calidad de vida, los mutilados estaban olvidados en la residencia, en medio del desierto. La ilusión que ponían el director del centro y sus ayudantes se topaba con la desesperante falta de medios.
Los hombres y mujeres que allí se encuentran internos no tienen familia, uno de los pilares básicos de la sociedad saharaui, y muchos de ellos están condenados a estar tumbados en una cama, por la gravedad de sus mutilaciones.
No todos fueron heridos durante la guerra. Las minas antipersona que aún pueblan los alrededores del llamado Muro de la Vergüenza, que separa los territorios liberados de los ocupados por Marruecos, aún provocan serias heridas o incluso la muerte a las personas que osan acercarse. En estos momentos hay en la residencia un joven de apenas 17 años que pisó una de estas minas hace menos de un año.
Juana Guirao y sus acompañantes hacen olvidar por unos días a estos mutilados la soledad en la que se encuentran. Les acompañan, toman el te con ellos, les cogen de la mano, les escuchan, algo a lo que no están muy acostumbrados.
Con energía y alegría celebran fiestas en medio de los pasillos, para que hasta los encamados que no pueden moverse puedan participar en ellas. Les hacen bailar, sonreír, sentirse vivos.
Este año han regalado un radiocasete a cada uno de ellos y los repartieron organizando una especie de entrega de premios. Uno de ellos leía el nombre del galardonado que acudía como buenamente podía a recogerlo, con una expresión de ilusión que «no paga todo el dinero del mundo», mientras el resto bailaba salsa.
Además, cubren sus necesidades básicas y cada año seleccionan a los casos susceptibles de mejorar para fabricarles prótesis que les permiten desenvolverse y les cambian la vida.
Convivir con los mutilados durante una semana es una experiencia dura y difícil y algunos de los que viajaban por primera vez no pudieron evitar «venirse abajo» el primer día.
Sin embargo, ya piensan en el año que viene: «Nuestro próximo proyecto será llevar allí la luz eléctrica», adelanta Guirao, quien se considera «una saharaui más» después de 14 viajes a los campamentos y agradece «todo lo que nos han dado durante nuestra estancia; aunque siempre venimos cargados, recibimos muchísimo más».