Si carecemos de emociones es porque estamos muertos o aburridos. El aburrimiento es la circunstancia más parecida a la muerte, en cuanto a estado emocional se refiere, después del coma. Aprendemos desde la infancia más temprana a huir de él, como de la peste, porque nos hace caer en una neutralidad insoportable de los sentidos y de los sentimientos, y de alguna forma nos convierte en seres infelices, por no ser capaces de encontrar la chispa que encienda de nuevo esas sensaciones que avivan el espíritu y nos ponen en acción. Los motores se apagan con la desgana que proporciona su presencia, dejándonos empantanados en medio de la nada, sin vislumbrar una salida digna para reencontrar las ansiadas motivaciones que nos guíen hasta conseguir su ausencia. Destruirlo es un empeño tenaz en nuestro comportamiento, con el afán de arruinarlo para siempre, pero consigue renacer de sus cenizas, una y otra vez, para nuestra desesperación y al menor descuido, se instaura en nuestro hábitat contaminándolo virulentamente y apagando las escasas emociones que tengamos activas.
Se puede comprobar en demasiadas ocasiones que se confunde al aburrido con el ocioso, el vago, el sosegado, el holgazán, cuando la realidad nos dicta que no son sinónimos todos estos aspectos a la hora de definir al pobre emocional. Si tuviéramos que hacerlo, deberíamos de comenzar perfilándolo por su singular escasez de recursos para buscar emociones, es como si fuera un ciego emocional, que aunque las tenga delante de las narices es incapaz de verlas. Además carece de habilidades para conectar con estímulos que lo saquen de la parquedad emotiva, apoyándose exclusivamente en demandas de auxilio a los demás, para que le ayuden a vencer la ceguera. Para colmo de males, los demás lo vemos como un pelma redomado, un transmisor de apatías, un perifollo abigarrado que se convierte en rémora, un desquiciador de humores. Si tuviéramos que definirlo en dos palabras, lo tildaríamos de desollador de emociones.
Tenemos que distinguir al aburrido por antonomasia, es decir, el patológico, con los estados de aburrimiento que todo mortal pasa o ha pasado alguna vez en su vida y que ha superado con dignidad. El aburrido pertinaz no suele ser consciente de su estado, incluso aunque sea vapuleado por otros que sí lo ven como tal y se enzarzan en vituperarlo para intentar, con esas incómodas formas, que consiga tener una iniciativa, aunque solamente sea una, para manifestar que ha salido de su situación. El que es capaz de lanzar una propuesta para la acción es incompatible con el estado de aburrimiento, porque de alguna forma demuestra emociones. Los que sin ser aburridos persistentes, entran en un estado de aburrimiento, caen inmediatamente en la cuenta de este hecho, en cuanto son capaces de lanzar una iniciativa. No hay que obsesionarse con la búsqueda de nuevas sensaciones, si no se quiere caer en el otro lado de la balanza.
Son muchos también los que confunden al aburrido con el abúlico y en realidad ambos tienen las energías bajo mínimos. El que desarrolla la abulia por excelencia es el que se encuentra cansado de todo y a cualquier cosa le hace ascos. Para poder mover el motor de su vida necesita de estímulos que ya no los tiene al alcance de su mano.
La ceguera emocional que ostenta el aburrido hace que se desentienda de la búsqueda de sus emociones, porque piensa que carece de ellas y se doblega a la falsa evidencia. Lo más triste es que los demás no somos capaces de enderezar el ánimo aburrido del que lo es, y dejamos que se hunda en la más profunda de las insidias, sin intentar persuadirlo de que sus emociones están en algún lugar de su alma.