Jueves, 16 de noviembre de 2006
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OPINIÓN

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Ante el juicio del 11-M
A casi tres años de Madrid, un 11 de marzo, un incierto alguacil nos invitará pronto a la vista judicial sobre el mayor atentado terrorista cometido nunca en España. Y, si nadie lo remedia, parece que buena parte de este país llegará al umbral del juicio hecha unos zorros, triturada en su sensibilidad y su raciocinio por el más virulento sectarismo. Entre otros diversos, y a propósito, por una batidora mediática que ha invertido los dos años largos que distan de la dolorosa fecha en intentar hacer un buen picadillo sectario de esa misma afín ciudadanía. Pero cabe recordar que en Madrid se atentó por cierto contra todo un tejido democrático, no discriminando el dolor y la muerte en razón de las ideas políticas o la adscripción partidaria. Los enemigos éramos todos, y todos tuvimos entonces los mismos enemigos. En aquellas horas de angustia nuestro país se anegó en una marea solidaria... servicios médicos y sociales, taxistas, inmigrantes, ciudadanos anónimos, conmocionados, compasivos, que dieron su consuelo impotente, su indignación y sus lágrimas al pie de las vías, la sangre por sus conciudadanos... ¿Fue aquello el espejismo de unas horas? No lo fue. Pero qué vergüenza para todos lo que ha venido después...

Hace unos días, en una carta al director de un diario nacional, una mujer a quien el horrendo crimen le dejó la ausencia de quien dormía a su lado, expresaba en párrafos escuetos y vibrantes el tormento, añadido a la pérdida, que la utilización política y mediática del 11-M le inflige aún hoy, a diario. Clamaba contra la infamia de que la muerte de su ser querido -junto a la de las otras 190 víctimas- se utilice para arremeter contra el adversario político. Denunciaba la iniquidad de que «peones negros -seguidores incondicionales de no sé qué emisora de radio- se apropiaran de la fotografía de Abel y de un retazo de su vida -junto a la de los otros 191- con la vil intención de usarlo como logotipo de sus macabras teorías conspirativas sobre el 11-M». Y todo ello sobre el «incansable goteo de indignidades públicas que rodea todo discurso interesado sobre el mayor atentado terrorista que ha sufrido este país».

Podemos parafrasear a aquel: así que partiendo de la desolación más absoluta (y de la más humana fraternidad, añadimos) hemos llegado a alcanzar las mas altas cotas de la miseria... La tremenda miseria moral de utilizar a las víctimas para objetivos partidarios. La miseria que sobre lo incierto, lo provisional o lo desconocido de toda investigación fue desplegando durante todo este tiempo un batallón de conjeturas tendenciosas, apriorísticas, connivencias supuestas e insinuaciones criminales, de donde resultó finalmente un engendro llamado conspiración. Un engendro capaz de mezclar a terroristas con partidos democráticos, con policías, con instituciones judiciales... todos aquellos a quienes no interesaría que se descubriera la verdad, porque de conocerse -se insinúa- la verdad podría ser terrible. Ante tamaña infamia la indignación sucesiva de los injuriados no ha servido de nada. Cuerpos policiales, los primeros afectados en su dignidad. Jueces, insultados y vejados, de qué modo, cuando su independencia no coincidía con el guión establecido. Y entre todas ellas la indignación más dolorosa, la de las propias víctimas: qué no se habrá dicho de esa mujer que probablemente pronunció las palabras con más verdad que se han oído en el parlamento español, Pilar Manjón. Qué iniquidad dio paso a aquel otro grito bestial -si la peor bestia fuese capaz de un enunciado semejante-: meteros a vuestros muertos por el culo.

Durante todo este tiempo el disparatado complot ha degradado hasta extremos insólitos la vida pública, la convivencia ciudadana y me atrevería a decir que se ha instalado como un resistente virus en la vida privada de unos -otrora tranquilos- ciudadanos que sin apenas darse cuenta adquirieron la nefasta costumbre de amanecer pegados a un transistor.

En sus conclusiones provisionales la fiscal del 11-M acaba de refutar tajantemente cualquier teoría conspirativa que no sea la que llevó a los hoy 29 procesados, junto a los siete suicidas de Leganés, a ejecutar la masacre. ¿Y qué conspiración no se hubiera urdido aquí si, como en los atentados de EE UU o de Londres, no hubiese hoy más que un acusado que juzgar, o ninguno? Para la fiscalía española hay autores materiales y autores intelectuales, colaboradores necesarios y cabe la posibilidad de algún otro activista no identificado. Hay motivaciones, entrenamientos, ordenes, preparación... y todo ello siempre en el ámbito del terror yihadista.

El juicio sobre el 11-M está próximo. Y tampoco deberíamos pasar por alto -sabida la criminal vesania del terror integrista- el alto riesgo que su necesaria visibilidad mediática engendra. A pesar de las serias dudas sobre la solvencia actual de la clase política que nos pastorea, será también la hora del valor y la cohesión democrática de la sociedad española. Ha llegado el momento de dejar que sea la justicia la que sin injerencias actúe. Desde luego es imperativo, en aras de la escasa salud democrática que nos queda y de la -por tantas causas hoy- menguada dignidad de la acción política, que el Partido Popular se desvincule drásticamente de la utilización del 11-M como argumento político. Parece que Rajoy se ha decidido al fin por esa vía, ojalá que así sea. Los contaminadores mediáticos, dueños del copyright de la conspiración, supongo que no se van a resignar fácilmente a no seguir contaminando. De momento les asiste el mérito impagable de haber elaborado un increíble guión, lleno de fantásticas bifurcaciones y recovecos, que servirá como nada en la defensa de los asesinos. No hay nadie en este país que hoy les pueda estar más agradecidos.

 
Vocento

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