Más de treinta días de viaje, con todo lo necesario a la espalda y una alimentación caótica dieron como resultado una hazaña conseguida. Salvador Moya y Antonio Joaquín Ros, del grupo de montaña de Callosa de Segura, son los primeros escaladores de la Vega Baja en alcanzar una cima de 7.135 metros.
Con la misma ilusión de un joven debutante en Primera División, comparación utilizada por Moya, estos dos aventureros decidieron lanzarse a la más alta montaña y subir el pico Lenin de Kirguistán. La odisea se realizó el pasado mes de agosto en la primera formación rocosa occidental del Himalaya. «No teníamos ni guías, ni portadores por lo que esto supuso un reto más», explica Salvador apodado El Rojo. Sin más ayuda que su propio cuerpo, los dos alpinistas subieron y bajaron varias veces los tramos del Lenin, para instalar primero las tiendas, y para subir los enseres que necesitaban.
Llegaro a tener 30 grados centígrados bajo cero. Pero no fue lo más duro que fue «la adaptación a la altura porque nos aclimatamos a base de hacer ascensiones y descensos». Esta pareja de intrépidos sufrió, como otros tantos, las duras condiciones de la altitud, mareos, vómitos, cólicos y extremas condiciones atmosféricas. «El cambio de una dieta saludable a comer lo justo para escalar supone que tu organismo se resienta, pero siempre depende de cada persona», asegura el montañista.
Los dos callosinos tuvieron que informarse in situ de las condiciones que les esperaban en lo más alto del pico Lenin. «Había nueve expediciones españolas aunque sólo pudieron llegar hasta el final una catalana y la nuestra», comenta El Rojo.
La experiencia de subir «un siete mil» marca a las personas, y no todas lo pueden conseguir ya que se requiere una preparación física y sobre todo psíquica. «Hay que motivarse constantemente, no es lo mismo subir un pico de los Pirineos en dos jornadas, que estar cuatro semanas realizando grandes esfuerzos físicos todos los días de la expedición».
La parte más peligrosa de la travesía fue cuando la pareja de montañistas tuvo que atravesar un glaciar. «Las grietas que habían en los glaciares fue lo más arriesgado, había puentes de nieve que se rompían y tuvimos que pasar tres veces por allí».
Piensan repetir la aventura porque «uno se conoce a sí mismo y está viviendo la montaña todo el día, se habla, se duerme, se respira montaña todo el día». Lo que más le asombró de esta hazaña fue la simpatía de las gentes de Kirguistán. «No impresionó el buen trato y la generosidad de los nativos, aunque fueran muy pobres».