Espectacular. He ahí una palabra, en sí misma ni positiva ni negativa, para definir el segundo concierto de la gira española de Depeche Mode, la banda inglesa encabezada por un David Gahan dispuesto a demostrar que a superestrellas no les gana ni U2. Los daneses The Raveonettes y los murcianos Second actuaron como teloneros, pero parece mentira que con tanto golf resort los británicos todavía no entiendan el concepto hora-de-la-siesta. Eso no se hace.
Tras una introducción digna de 2001, una odisea en el espacio, los de Basildon atacaron con A pain that i'm used to, la canción que abre su última entrega discográfica, el interesante Playing the angel, un disco que ha vuelto a otorgar máxima credibilidad a Gahan, Gore y compañía. Eso sí, a partir de ahí y aún alternando piezas actuales, el concierto fue una sucesión de éxitos de finales de los ochenta y primeros noventa, con espacio para el synth-pop primerizo, así como para ese techno-rock enigmático que tanto se bailó por estas latitudes en el periodo entre décadas. Huelga decir que todo ello siempre envuelto en ese halo de oscuridad y magnificencia que es marca de la casa. Gahan es elegante hasta cuando se pone a lucir tatuajes en plan pecholobo. Posiblemente, el hecho de que el show se grabase con vistas a su próxima publicación -cabía la posibilidad de pagar por adelantado y reservar el presumible disco+DVD-, aumentó el contenido regreso-al-futuro.
Sea como fuere, las cerca de 20.000 personas que arroparon el concierto estaban tan encantadas con el repertorio como boquiabiertas con la escenografía. No era para menos: teclados dentro de unas especies de naves individualizadas que hubieran llevado al éxtasis a la Sigourney Weaver de Alien, una bola gigante lanzando máxima subliminales que ni un remake de Soylent Green, unos focos azules que ríanse de la escena final de Encuentros en la tercera fase y, lo mejor de todo, un juego de pantallas de diferentes formas geométricas proyectando imágenes alteradas que contribuían a crear ese clima entre inquietante y ceremonial tan propio de Depeche Mode.
No sonó Just can't get enough -apuesto a que por ser original de Vince Clarke, quien se marchó tras el primer disco para montar Yazoo-, pero sí la trilogía ganadora de su mejor álbum Violador. Y además cerca del final y todas del tirón. Me refiero a World in my eyes, la apabullante Personal Jesús y Enjoy the silence. Evidentemente, la petición de bis fue estruendosa. Lo concedieron, Martin Gore se tomó sus cinco minutos de liderazgo -ojo, es el autor de las tres anteriores- y tras el cierre dejaron un sabor a grupo grande, de gran montaje y magnífico sonido. Bastante mejor que días atrás en San Sebastián, según me cuentan. Y al fin, vuelta a la Tierra. Aunque no tengo claro que los atascos de tráfico de Torrevieja sean de este mundo.