El traslado de un tribunal en el que magistrados, funcionarios, policías, delincuentes y público viven apretados en estrechos pasillos e instalaciones vetustas no provocaría en ningún lugar del mundo mayor comentario, pero el cierre definitivo de los juzgados de Bow Street ha provocado sentimientos hondos.
Timothy Workman, su magistrado principal, se queja. «Ya no se tiene en cuenta el patrimonio histórico», ha dicho. Y es que Bow Street es el más viejo tribunal de magistrados en Londres -se formó hace 267 años-, fue también el lugar en el que surgió un primer cuerpo policial similar al actual.
En el devenir de la magistratura se basó uno de los jueces, Henry Fielding, para escribir sus novelas y en particular una de gran éxito, Tom Jones. Allí fue conducido en primera instancia Oscar Wilde, acusado de conducta indecente por el marqués de Queensberry. Allí comparecieron -madre e hija- las Pankhurst, sufragistas y terroristas en busca del voto de las mujeres. En este siglo, en Bow Street se juzgó a los hermanos Kray, gánsteres del este de Londres cuya trayectoria sigue fascinando a sus contemporáneos.
Y el nombre de Bow Street ha recorrido el mundo porque era el tribunal especializado en casos de extradición. Todos los detenidos bajo la requisitoria de algún país eran conducidos a sus lóbregos calabozos para comparecer durante la jornada junto a la turba que arroja la noche del centro de Londres.
Cuando un hombre de negocios español entró, hecho un pimpollo, para ser extraditado por fraude, un rastafari que esperaba a uno de los suyos acusado de vender droga quedó tan impresionado con su porte que exclamó en voz alta: «¿Uau, la mafia!».
Antes del juicio reciente a un terrorista islamista requerido por España compareció un doctor sij, que, perdido tras un congreso en el centro de la ciudad, hizo algo que no había hecho nunca, beber alcohol. Cogió una borrachera inmediata y montó una bronca espectacular, que provocó su detención. Nunca se habrá visto al amanecer un detenido tan compungido. Tras él llegó un inválido, sus piernas amputadas, montado en un carrito de ruedas, a quien la juez no podía ver desde su escaño. Había sido detenido una vez más por amenazar a los policías que le amonestaban por insultar a los transeúntes.
La tragicomedia humana se traslada a otro juzgado. Y en el de Bow Street. frente a la Casa Real de la Ópera, se construirá ahora un hotel.