La piel tiene fecha de caducidad. Su capacidad de regeneración, esa fuerza que le permite volver a nacer de sus propias cenizas por mucho que se queme al sol del verano, es muy alta, enorme, pero no infinita. No hace falta pensar en un cáncer, en el caso extremo de su agotamiento, para comprobar los límites del escudo natural que nos protege de las inclemencias del tiempo. Si cada año que pasa uno aguanta peor los baños de sol y comprueba que se tuesta a la misma velocidad que se despelleja, ha llegado el momento de tomar medidas. El moreno, más que atractivo, comienza ya a ser peligroso.