Casi medio centenar de jóvenes de las parroquias de Alicante se dieron cita ayer en la plaza de los Luceros para iniciar un viaje que supone un encuentro cristiano y una reafirmación de fe. Son una muestra de los 5.500 alicantinos que en sus propios coches, junto con sus padres, con sus colegios o a través del barco fletado para el efecto, se han acercado hasta Valencia para estar cerca del Papa. Mochilas y corazones llenos de ilusión por ver a Benedicto XVI, cuya presencia ha inundado Valencia durante dos días de peregrinos para celebrar la clausura del quinto Encuentro Mundial de las Familias.
El autobús les llevaba hacia la población de Alaquas, donde iban a comer y a encontrarse con otros peregrinos. Su conductor, Pablo Pérez, no es nuevo. Ya trasladó a los fieles el año pasado hasta Colonia en el encuentro de jóvenes y también llevó a Bonn a un grupo de seguidores del Camino Neocatecumenal. Afirma: «Te impresiona ver tanta gente de todos los países, hay buen rollo. Es una convivencia, días de estar en familia».
La consigna del viaje es llevar ropa cómoda, muchos líquidos, gorra y saco de dormir, aunque hay una certeza generalizada: dormir es lo que menos se hace en un encuentro al que acude más de un millón de personas. Entre las maletas no falta la guitarra y algunas banderas.
Beatriz Sánchez, con 16 años, viaja con la ilusión de ver al Papa y el anhelo de llegar a saludarle, aunque sea de lejos. En su mochila lleva la fotografía del pontífice y en su corazón late muy fuerte la fe. Sus amigas corroboran que, «si ve al Papa, se desmaya, sería algo muy grande», cuenta Camino Olivera, de 19 años, que también acude a un encuentro de este tipo por primera vez. Beatriz se ha pasado la semana ayudando en todo lo que ha podido. Ha estado repartiendo las cerca de 8.000 mochilas que ha dado el Obispado. Le hubiera gustado ser mayor para hacer como su hermana, que desde el sábado pasado está en Valencia como voluntaria. «Esto es un encuentro de familias, porque hoy no se le da tanta importancia como debería», comenta. Y, sin parar de hablar, mira a su alrededor para corroborar: «Dicen que los jóvenes pasamos, y en este encuentro somos miles que nos hemos unido por un mismo camino». Junto con sus amigas, participa el primer viernes de cada mes en un encuentro de jóvenes en la parroquia de Benalúa, en Alicante, y espeta que «estar en la iglesia no significa pasarse el día rezando».
A Pascual Liñán, de 29 años, no le pilla de nuevas ver al Papa, porque ya ha participado en otros encuentros. Es de Pontevedra, aunque estudia ingeniería en Elche. Confiesa: «Quiero pasarlo bien y en clave cristiana». Siente cierta emoción por el momento de encontrarse con las miles de personas «que comparten la fe contigo» y desea recoger experiencias de este viaje, al que se unirá con sus padres.
Los jóvenes van llegando con cuentagotas hasta Luceros, la mayoría trasladados en coches. El cura Luis Aznar, responsable de Educación de la Fe, reconoce que el ambiente que se genera «es una maravilla. Es un encuentro de alegría, de esperanza, y les hace ver que no están solos». Y los califica de «incansables» y llenos de ilusión, dada su experiencia en la participación en otros encuentros.
Saben que hasta las nueve de la noche no verán al Papa y pensar en ese momento les llena de emoción. Son dos días intensos en los que cualquier esfuerzo merece la pena.