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La muerte del soldado paracaidista Jorge Arnaldo Hernando Seminario, de nacionalidad peruana y perteneciente a la II Bandera de la Brigada Paracaidista, ha confirmado, desgraciadamente, las advertencias lanzadas en abril por el secretario general de la OTAN, cuando avisó a los integrantes de la Fuerza de Asistencia a la Seguridad en Afganistán de que con la ampliación de la misión se producirían más bajas. Poco después de aquellas palabras de Jaap de Hoop Scheffer, el Senado español aprobaba la petición del ministro de Defensa, José Antonio Alonso, de aumentar los efectivos en aquel país. Ahora no queda, por tanto, más que lamentar profundamente la muerte de un joven soldado español en una misión que cada día se complica más.
El paracaidista español fue alcanzado por una explosión -en la que otros cuatro compañeros resultaron heridos leves- en las inmediaciones de Farah, donde ya la semana pasada las tropas españolas tuvieron que intervenir para evacuar a varios soldados afganos atacados por los insurgentes talibanes, y con él son ya 18 los miembros de las Fuerzas Armadas españolas muertos en la región, después de que en agosto del pasado año 17 militares españoles fallecieran en el accidente del helicóptero Cougar. Desde que en las últimas semanas más de 10.000 soldados de la coalición liderada por los Estados Unidos -muchos de ellos afganos- fueron desplegados en el sur del país para perseguir a los talibanes y tratar de acabar con la ola de emboscadas y atentados suicidas, se esperaba que esa presión hiciese aflorar la violencia en otras regiones. Por el momento es pronto para saber si la explosión que acabó con el soldado de la BRIPAC fue activada intencionadamente o se trató de una mina, pero lo que es incuestionable es que, desde marzo, han fallecido una treintena de soldados de la fuerza internacional -sólo en un mes seis británicos han caído en acciones de combate- y que a la opinión pública de los países con presencia en Afganistán comienza a inquietarle abiertamente la inestabilidad que vive el país. Incertidumbre que ya tiene también su reflejo en nuestro país, como demuestra el barómetro realizado por el Real Instituto Elcano en el que, de todas las misiones de paz en las que participan nuestras tropas, la de Afganistán es la que menos apoyo recaba -53,8%- y la que es percibida -78,1%- como la más peligrosa; incluso más de la mitad de los encuestados se muestra ya contrario a que se envíen más soldados.
El secretario general de la Alianza Atlántica debería visitar Madrid mañana mismo en el marco de una gira para preparar la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN que tendrá lugar a finales de noviembre. Seguro que en su reunión con el titular de Defensa, José Antonio Alonso, y con el propio presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, se abordará el tema de Afganistán. Y seguro que en ese encuentro se reafirmará la absoluta necesidad de afianzar el proceso de estabilización del país y evitar que vuelva a convertirse en un nido de terroristas. Pero lo que también debería salir de esa reunión es un mensaje, por parte del Gobierno español, que clarifique definitivamente a la sociedad española el tipo de misión al que realmente se van a enfrentar nuestros soldados.