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Conflicto político, proceso de paz... Si nombrar es ya comenzar a apropiarse del objeto, parece que se ha concedido una absurda ventaja a la otra parte aceptando sin más que sea Eta/Batasuna quien elabore los rótulos. Cuánto más apropiado no sería hablar de un proceso de desarme, por ejemplo. No ha habido guerra, repetimos mil veces, de modo que su antónimo no viene al caso; pero sí ha habido y sigue habiendo armas. Sobre esa infamia cercana al millar de muertos, a los tres mil heridos o mutilados, ampliemos el campo semántico a todo lo que armas significa: amenazas, exilio, extorsiones, omertá... El proceso no debería ser otro que el de desmontar todo lo que es incompatible con la democracia. Quién cuestionaría la paz si no existiera ese tipo de matones y pistoleras sin entrañas que hoy exhiben su abyección ante los tribunales. Proceso de desarme debería decirse propiamente.
Tampoco el conflicto debería nombrar nada sobreentendido, pues no otra cosa que conflicto es la materia de toda sociedad democrática. Confrontación en el debate de las ideas, en la dialéctica política, en las reglas del juego democrático. Pero cuando se escoge el uso de la violencia y el crimen contra una convivencia democrática, lo que queda en suspenso no es necesariamente la acción política -como se ha visto en el País Vasco- sino la libertad ciudadana. Que Euskadi sea hoy por hoy -en autogobierno y desarrollo político, económico, etc.- un lugar extrañamente privilegiado en la privilegiada Europa no es un azar exógeno, debido al Benelux o a la ciudadanía hermana allende los Pirineos. Por mucho que le duela a algunos, la historia es la que es -no la que se inventa- y mucho ha tenido que ver esta democracia formal (que llaman ellos) en la nueva realidad de aquellas provincias vascongadas pobladas no hace tanto de viscerales carlistas y entusiastas requetés. Por otra parte, el hecho de que -por desgracia y al mismo tiempo- el País Vasco sea todavía uno de los pocos lugares sin plenas garantías democráticas que quedan en Europa no deja de ser mérito indiscutible de ETA y del integrismo nacionalista que allí mece la cuna. ¿Y que todavía envidia la inmensa suerte de Croacia!
La España constituyente del año 77 que superaba el franquismo en el camino del compromiso democrático, tuvo la generosidad de conceder una amnistía total que vació las cárceles de presos políticos, tuvieran o no delitos de sangre. ETA quedaba así totalmente habilitada para su reconversión política. Y sin embargo -y contra la facción de los polis-milis, que se integraron enriqueciendo de modo sobresaliente la vida civil y parlamentaria- ETA optó por combatir encarnizadamente el nuevo sistema de libertades. Fue su opción, y esa absurda lucha liberticida dura hasta hoy. Así que el conflicto político no es otro que el drama de una democracia combatida durante décadas, violentada por las parabelum y la goma dos mucho más encarnizadamente que lo harían los nostálgicos tejeros herederos de la dictadura. Su estructura de movimiento nacional logró que los derechos humanos (a la vida, a la libertad de expresión, de militancia política, de residencia...) continuaran durante varias décadas en suspenso. Tal fue la férrea voluntad, criminal y mafiosa, de una ideología y una praxis antidemocráticas. Tal el enquistamiento de un integrismo nacionalista (y su vanguardia violenta) en una democracia a la que no se permitió ser plenamente. Un conflicto predemocrático.
Con estos mimbres y treinta años de retraso, el País Vasco se enfrenta todavía hoy a la expectativa de otro modo de transición . La tarea política solo admite dos bifurcaciones. 1) Insistir en el conflicto histórico, obviamente pre-democrático, reafirmarse en los principios fundamentales del movimiento (unidad de destino étnico, odio a lo plural, reconquista de herrialdes, soberanía) y empecinarse en una negociación política que deje atado y bien atado el destino de una nación unánime. 2). Superar enteramente la vieja tiranía, democratizar el movimiento nacional y garantizar escrupulosamente la vida democrática y los derechos humanos. (Parece que algo se mueve en la nomenclatura y ojalá Imaz pudiera ser un nuevo Suárez del nacionalismo abertzale.)
Era de esperar que llegados a un punto de agotamiento (y acogotamiento), los hijos de la tribu pidieran árnica -que dice el idioma que es apelar a la compasión los vencidos. Pero, a poco que se les escucha, se crecen. Usurpan nuevamente la representación política de los vascos invocando un proceso de paz que lleve a la resolución del conflicto, supeditando el ordenamiento constitucional y las leyes de todos a la vieja paranoia del movimiento nacional (de liberación, claro). Hablan de negociación política paralela al proceso de desarme (donde el PNV tendría su asiento, recogiendo -según vieja teoría- los frutos del árbol sacudido). Interpelan en fin a Francia -claro que sin puto caso- en casi bufonesca cuestión de soberanía...
Y es difícil con toda esa vieja chatarra oxidada sustraerse a la sensación de que se está montando de nuevo el cepo. El llamado proceso puede ser un artilugio peligroso si uno se obsesiona con la visión del quesito y no ve la amenaza del resorte. Pero ¿se puede rechazar sin más la esperanza que se tiene a un paso y que podría zanjar definitivamente treinta años de víctimas reales... y otros tantos de aburriente victimismo? El PP olvida que vencer inapelablemente jamás restañaría los jirones en la sociedad vasca si antes no se demuestra fehacientemente la imposibilidad de esta última esperanza. Hemos asistido, en el juicio a dos etarras, a lo que podría ser el tremendo tráiler de la abyección moral que aguarda al otro lado. En los actores políticos de esta parte hay un miedo larvado y razonable al inicio de las conversaciones. En las víctimas, un presentimiento de pánico retrospectivo. La apertura del proceso significa reabrir otro dolor más íntimo que ya se daba por cerrado: el proceso del duelo por los que hoy faltan. Desandar lo andado, volver al inicio, a la sinrazón de la barbarie asesina. Y después de todo ¿qué sentido tuvo el dolor?, vuelven a preguntarse.
De un modo u otro, el cepo existe. El desafío no es otro que saber desactivarlo sin renunciar a la recompensa. Hacerlo a solas se antoja harto difícil. Haría falta un mínimo de previo entendimiento. También un poco de silencio, no encender el transistor cada mañana, pues en el griterío de traidores, enanos, liquidadores, infames... la concentración necesaria para desactivar se pierde. La sociedad española sigue exigiendo, como quien clama en el desierto, la unión de los dos grandes partidos en este tema. También las asociaciones de víctimas deberían llegar al necesario encuentro, o al menos intentarlo. Aislarse en lo posible del griterío del entorno, para escuchar en silencio la voz nítida de los ausentes: dignidad en la memoria, previa a cualquier generosidad en la justicia; futuro plenamente democrático, derechos humanos... Y que ese logro futuro no precise -nunca más, basta ya- de una sola nueva víctima inocente.