Según las series estadísticas publicadas por el Banco Mundial, China ha conseguido sobrepasar al Reino Unido y convertirse en la cuarta economía mundial, tan sólo por detrás de Estados Unidos, Japón y Alemania (como se recordará, en enero pasado ya desbancó a Francia). El ranking elaborado por la mencionada institución internacional mide el Ingreso Nacional Bruto (INB) en dólares, usando el método Atlas de conversión de divisa, que suaviza las fluctuaciones de los tipos de cambio, ya que utiliza la media de los tres últimos años. La riqueza de China sigue siendo sin embargo un espejismo ya que el país ocupa, pese a lo anterior, el puesto 128 en cuanto a renta per cápita, por detrás de países como Namibia, Botswana o Gabón, lo que indica una brutal desigualdad en la distribución de la riqueza. Las gigantescas proporciones de China resultan, pues, engañosas, y en ellas radican la grandeza y la miseria del gran país, que probablemente logrará pronto colocarse a la cabeza del mundo en términos absolutos pero no conseguirá erradicar su pobreza relativa si previamente no ha combinado la libertad económica con la indispensable libertad política.