Mientras los expertos desentrañaban las causas del siniestro y llegaban al parecer a la conclusión de que el motivo del drama fue el exceso de velocidad del convoy (ochenta kilómetros por hora, según la caja negra, en un tramo con limitación de cuarenta), bajo el debate soterrado y casi inaudible de los políticos sobre el particular, la sociedad valenciana digería su propio dolor, un tanto precipitadamente para evitar que el duelo se superponga al obligatorio gozo de la visita papal, que súbitamente se ha vuelto extemporánea. A las doce del mediodía, el silencio se hizo ayer tangible y hasta masticable, y a las siete de la tarde el funeral congregaba a las familias de los infortunados, así como a los Reyes, el presidente del Gobierno y las fuerzas vivas municipales y autonómicas. En la vida civil, la muerte humaniza, relativiza las pasiones, mitiga la enemistad; en la política, no necesariamente. Después de haber vivido el 11-M, aquel otro drama en el que también murieron tantos inocentes (siempre mueren los mismos), las tragedias ya guardan en este país un hálito cortante que hace a muchos mirar de soslayo, por si acaso. Y también esta vez, en Valencia, ha sido inevitable cierta politización inconveniente del suceso. Al fin y al cabo, cualquier obra humana tiene responsables. Siempre.