En el calor achicharrante de Indianápolis, frente a la carpa de publicidad Renault, con una indisimulable tensión ambiental, Fernando Alonso se mordía la lengua para evitar que su hervidero interior arrojase grandes titulares para la Prensa.
Por más que se le insistió, el campeón del mundo no lanzó veneno sobre el adelantamiento de Fisichella (actor secundario en el Mundial, frente al líder del mismo) amparado por la dirección del equipo.
¿Hay órdenes de equipo para ceder el paso si el otro piloto va más rápido?, se le pregunta al español. «Más o menos -responde-. No voy a decir nada. No llevaba limitador de vueltas. No quiero entrar en el tema».
¿Estos asuntos se hablan antes, después, se dejan pasar?, vuelve la cuestión: «No se habla, se sobreentiende que tiene que ser así», dice Alonso. Fisichella, se defendió diciendo que su tercer puesto «era lo máximo a lo que podíamos aspirar aquí dada la superioridad de los Ferrari, y se lamentó de la maniobra de Alonso en la primera curva.