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Jerarquía es el gobierno de personas sagradas y democracia es el del pueblo. En un principio, las comunidades cristianas fueron democráticas, porque eran una secta de la Sinagoga judía, que tenía este carácter. Cuando vino la separación de la Sinagoga, por el tema de la circuncisión, continuaron siendo democráticas, eligiendo a unos ancianos para los distintos menesteres, en igualdad.
Fue el emperador Constantino el que, al reconocer el Cristianismo en el siglo IV, estableció el Estado confesional y se erigió como jefe de la Iglesia, convocando los concilios y dirigiendo la vida religiosa, con el título de Pontífice Máximo, que ya tenían los emperadores. Cuando, en el siglo V, el Imperio Romano de Occidente se derrumbó, el título de Pontífice Máximo lo recogió el Obispo de Roma. Surgió entonces el clericalismo. La iglesia se dividió en dos: la docente y la discente. Los primeros eran los que enseñaban y mandaban y los demás los que tenían que oír y obedecer.
Esta mentalidad se legalizó con el Concilio Vaticano I, que afirma: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por lo que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar y a otros, no».
El Concilio Vaticano II intentó corregir esta mentalidad, pero el Estado Vaticano sigue sin firmar la Declaración Universal de Derechos Humanos.