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Disculpe el desocupado lector la intromisión, pero hay noticia: en estos tiempos malos no sólo para la lírica sino incluso para la más abstrusa prosa pedagógica, reconforta comprobar cómo aún sobreviven, con sus facultades intactas en medio del yermo literario, algunos viejos muñidores de la palabra escrita, demiurgos que continúan creando belleza y magia a través de su obra. Tal es el caso de Mario Vargas Llosa, quien fue capaz, cumplidos poco más de 20 años, de iniciar una brillante carrera con nada menos que lo que ya es un hito de la novela en español del siglo XX -La ciudad y los perros- y que recién alcanzados los setenta nos sorprende de nuevo con un relato magistral: Travesuras de la niña mala. Cuenta la historia de un amor plagado de tormentas y tormentos que atraviesa varias décadas del siglo pasado y que transcurre en distintas ciudades, como la Lima natal del autor, el París del existencialismo y la revolución de Mayo del 68, el Londres del movimiento hippie en plena ebullición o el Madrid que pasa de ser un poblachón oscuro y cerrado a convertirse en urbe cosmopolita y moderna. La niña mala es una mujer ambiciosa, audaz, temeraria y condenada a la frustración, a pesar de que vive una existencia maravillosa y a la vez trágica de la que es víctima resignada la otra mitad de la pareja: el niño bueno. El argumento atrapa al lector, envuelto en una forma narrativa asombrosamente eficaz y conducido por un lenguaje cuidado y preciso a través de los cuales asistimos a la gran celebración del erotismo y la pasión, de la mágica alegría del que alcanza lo que persigue, de la tristeza del que pierde lo que creía poseer para siempre, de la vida más íntima y real del ser humano, en definitiva.