En el transcurso de algunos años ya nos hemos acostumbrado al hecho de una promoción cultural a base de estas exposiciones espectáculo, cuyo mayor reclamo es el gran despliegue de medios humanos y económicos. En esta ocasión, se rehabilitan nuestros más importantes templos religiosos como espacios expositivos, se les caracteriza de una función museística con un laberinto de paneles, en los que mostrar las imágenes que se han producido para el culto y la comunicación de los valores que cohesionaban a la comunidad cristiana, a lo largo de los siglos. Es una fórmula bastante sencilla pero con gran repercusión mediática. Unas pocas obras famosas, a poder ser de Velázquez, El Greco o Zurbarán, y unas cuantas restauraciones de las pinturas y tallas policromadas, piezas de orfebrería, tapices y vestidos para la liturgia, que estaban perdiendo la color. Todo un conjunto de piezas que mostraban una manera de ver y de representar, de sentir las imágenes que tenían poder para trasmitir. Estas piezas restauradas lucen en las paredes blancas, donde permanecen intencionadamente aisladas para su contemplación como objetos únicos, el espacio de piedra de la iglesia no interfiere en su visión, éste queda anulado ante el despliegue de paneles que dirigen en un recorrido cronológico.
Se nos obliga a contemplar la pieza en sus propios valores plásticos como obra de arte, pero la mayoría de ellas no tienen el poder suficiente para mantener una mirada interesada más allá de la anécdota. Si lo que pretende esta exposición es mostrarnos el trabajo de restauración, no tenemos conocimiento del estado anterior de las piezas, conocimiento que considero indispensable para valorar el resultado actual, aunque sí percibimos cierta limpieza e intensidad en los tonos. Algunas pinturas destacan por el colorido y por la representación de escenas, ya sean bíblicas o acontecimientos destacados de la época, de una expresión gráfica muy peculiar, que desde una perspectiva actual nos recuerda a la secuencialización del cómic, incluso con la invención de monstruos y héroes que conectaban con el imaginario colectivo. Ante este tipo de exposiciones, inevitablemente surgen algunas preguntas. Tenemos la obligación de recuperar nuestro patrimonio histórico, pero, ¿además de esto, qué?, ¿en qué inciden estas manifestaciones en nuestra sociedad? o ¿a quién interesan realmente estos eventos?
La sociedad actual está pasando, en pequeños y sucesivos ciclos, por una revolución constante y por eso mismo pacífica, aunque no menos agresiva. Una revolución que trae consigo una transformación de las costumbres y gustos, una transformación de nuestra visión de la realidad; aunque parte de esta sociedad se siente incapaz de seguir el proceso de esta evolución difícilmente comprensible para la mayoría. Pero aún así, podemos observar cómo las situaciones cambian superando nuestras expectativas, haciendo que nos encerremos todavía más en nuestro medio habitual. Tal recesión, a nivel del individuo, sobre todo el de más de cuarenta y cinco años, hace que se creen unos guetos sociales donde la comunidad en su conjunto deja de compartir determinados ideales que antes parecían inamovibles.
La obra de arte siempre da las claves de la sociedad que la crea, la concepción de la imagen con la que todos se identifican desde la fascinación de los elementos y formas que la componen, y dirigen la actitud y el pensamiento en su observación. Esta exposición es realmente ambiciosa, mostrar un periodo tan extenso, casi inabarcable. Pero sigo sin entender por qué se expone en unos espacios excepcionales si luego se construye una arquitectura interna que nos impide situar las piezas en la grandiosidad del espacio del templo, el espacio de contemplación para el que fueron creadas.
Parece más bien una exposición de arqueología, en la que, evidentemente, los vestigios se muestran rescatados de la ruina con la escasa información que el tiempo ha permitido conservar.